#hablarural: palabras para celebrar nuestros pueblos

“Creo más que nunca que es en nuestros medios rurales, nuestros márgenes y orillas, donde sucede la vida y donde habita muchísima gente que hace posibles otras maneras de formar parte del territorio, mediante sistemas que no se pueden separar de palabras y hechos como local y sostenible. Creo en una tierra diversa y llena, creo en multitud de formas de vida de las que tenemos muchísimo que aprender, como esos wombats que, tras los incendios que arrasaron Australia, comparten sus madrigueras con animales de otras especies, convertidos todos en refugiados de la crisis climática, sin distinción de nombre, origen o familia. Por eso quizás sea interesante aferrarse a un nuevo idioma, a una lengua común que nos hermane, que cosire y nos dé aliento para seguir. Pero, como escribió la gran Audre Lorde en La hermana, la extranjera: «Las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo», y es aquí donde creo en nuestras palabras. En esas que ya apenas se oyen ni se ponen en práctica, en aquellas que no se dicen por vergüenza del acento o la procedencia, en todas las que nos dan de forma única otro modo de habitar el territorio. Así, con esta almáciga y con todas las que vengan, diferentes del linaje y la lengua del amo, podremos comenzar a construir una nueva casa común”

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Con esta imagen y este fragmento del libro de Almáciga, me sumaba el pasado 16 de noviembre a la campaña  #hablarural de Greenpeace, compartiendo un trocito de Almáciga al hilo de una de mis palabras favoritas que vive en el libro: cosirar, una palabra del aragonés, que me regaló Miguel Cordero en su aldea de Ascaso, en el pirineo aragonés, donde todos los años celebra la muestra de cine Ascaso, la muestra de cine más pequeña del mundo. Cosirar significa ir a dar una vuelta para comprobar si las personas, los animales o el huerto están bien o necesitan ayudas o cuidados. Implica algo más que mirar, vigilar o revisar. Es estar pendiente de todo lo que nos rodea.

Desde la publicación, invitaba a la gente que compartiera sus palabras favoritas de nuestros medios rurales. Aquí os dejo una primera selección de las palabras y las personas que las compartieron por instagram y por el buzón de la web que se suman a este semillero. Pronto, más palabras.

A mazuela: “es la forma de ponerse los alpargates sin ajustarlos en el talón, pisando la parte trasera del calzado. O sea, es más rápido ponértelos así pero se te pueden salir. Aquí, en Villarrobledo, Albacete, los mayores lo dicen así, por lo menos mis abuelos lo decían, y yo mismo” Palabra de Juan Diego Ruiz Romero.

A plaeret: del dialecto pallarès. Significa poco a poco. Palabra de Vanesa Freixa.

Casquera: palabra que se usa en Albacete para hacer referencia a cuando hablas en confianza con alguien: “ ayer estuvimos un rato de casquera en el parque”. Palabra de María Solano.

Zarrakamalda: del euskera, es una especie de machete con mango largo para desbrozar.

Tarratoluba: del euskera, berbiquí o taladro de mano. Palabras de Olatz Ove.

Espinyar: del catalán. Se llama así a la acción para romper una o muchas piñas para sacar los piñones, después de un proceso de quemarlas ligeramente para que se abran un poco y sea mas fácil sacar los piñones.Palabra de Teresa Jubany.

Charrar: del aragonés. Significa hablar con una persona a gusto. Palabra de de Nélida Sorrosal. Beatriz Navarrete nos cuenta que en asturiano también se usa charra con el mismo significado, y nos comparte las siguientes palabras:

Fesoria: del asturiano. Azada.

Chiscar: del asturiano. Significa salpicar.

Forgaxa: del asturiano. Los trocitos de madera que saltan cuando se corta la leña para hacer estilles/estielles (del asturiano, madera cortada menuda para encender el fuego.

Garuela: sinónimo de horca. Palabra de Raquel López. Beatriz Navarrete nos comparte a raíz de garuela, garguelu, del asturiano, que se usa para referirse al cuello de una persona o animal.

Lleurar: del mallorquín, significa arar la tierra. Palabra de Pilar Llompart.

A ixena/ a zofra: del aragonés. Trabajo en común. Trabajos comunales.

Rapatan: del aragonés. Pastor aprendiz.

Palabras de Miriam Sánchez.

Badaliso: tejido muy desgastado.

Entonar: enterrar.

Teso: pequeña elevación del terreno.

Colagua: Reguera. Canal pequeño que los labradores abren en las tierras de huertas o jardines por medio de azadas o layas a fin de distribuir el agua por los diferentes cuadros o eras. Palabras de Blanca Alonso Ruiz.

Esgorgollarse: se dice de las gallinas cuando se sacuden la tierra sobre la que se han acostado o revolcado.

Aparpallarse: se dice de las gallinas cuando se agachan, sobre todo poco antes de que comiencen a poner huevos.

Arrosear la gloria/enrojar la gloria en lugar de prender la gloria.

Morceña: las pavesas ya apagadas que sobrevuelan por encima de los hogares de la lumbre o de las hogueras al aire libre.

Ortuñas: las ovejas que se ordeñan.

Palabras de Tierra de Campos, enviadas por Venancio Carranza Delgado.

Escoma: “Se denomina con la palabra “escoma” a la vara que se utiliza como utensilio para alcanzar las frutas que se encuentran en las ramas más altas. Para hacer las escomas se suelen utilizar ramas de “ciruelero” o “almendrero”. Esta palabra es muy común en las zonas rurales de las Islas Canarias, sobre todo en la isla de El Hierro. La palabra escoma siempre ha estado presente en mi entorno familiar. Mi padre, cada vez que recogíamos higos, almendras, mangas, ciruelas… nos daba una de estas varas para que pudiéramos alcanzar las frutas y así ayudar en la recolecta. A día de hoy seguimos empleando este utensilio de manera habitual y nombrándolo de esta manera, gracias al énfasis de nuestras abuelas y padres, que intentan evitar que la palabra caiga en el olvido, como tantas otras propias de los medios rurales”. Palabra y fotografía de Marta Padrón.

Si conocéis más historias y significados sobre estas palabras, o queréis compartir nuevas para alimentar esta almáciga, podéis hacerlo aquí.

Passar la nit pels armaris: manos que buscan en el campo para calmar el hambre en la posguerra.

“Pilar i Dolors: mi madre bañándome en el barreño”

Hija y nieta de campesinos que tuvieron que dejar el pueblo para labrarse “un futuro mejor”, Pilar Sampietro Colom nació en Barcelona. Para ella, la memoria es algo de lo que no se puede desprender. Saber de dónde venimos, cómo vivieron los nuestros, qué podemos transmitir y contar a los que vienen. Gracias a ella descubrimos en Almáciga Passar la nit pels armaris, una expresión poco conocida y curiosa que trae consigo recuerdos, pobreza y hambre. Hablamos con Pilar sobre esta expresión que borra en un segundo la nostalgia y el peligro de caer en la simple certeza de que tiempos pasados siempre fueron mejores.

-¿Qué relación tienes con tu familia, Pilar? ¿De qué lugar sois, a qué os habéis dedicado? ¿Qué significaba tu abuela para ti?

Yo ya nací en Barcelona. Mi madre se trasladó a la gran ciudad, Barcelona huyendo de la miseria en la que vivía en la pequeña localidad de Olot, lugar donde comenzó a resurgir en la postguerra la industria del textil y también cárnica. Mi madre Dolors trabajaba desde los 12 años en la fábrica hilando calcetines, como mi abuela Clara. Vivían en una pobreza extrema, que se agrava después de la muerte por tuberculosis del padre Pep (mi abuelo materno) y el hermano de mi madre (Joan). Mi padre Miquel estaba haciendo el servicio militar en Olot, mi madre lo conoció, se enamoró de él y a partir de ahí nació para ella la posibilidad de acceder a una vida mejor en Barcelona, donde ya vivía mi padre, Miquel. Él también viene de una zona rural, Boltaña, en el pirineo aragonés, y pasó su infancia cuidando cabras como mi abuelo, que era pastor en Nerín, su pueblo.

“Iaia Clara i tieta Maria. Mi abuela ( la más pequeñita) y mi tia junto a mi tatarabuelo Josep. Esta foto creo que es de 1906- 1907”

Mi abuela Clara nació en Santa Pau, un pueblito cercano a Olot en la casa familiar llamada: Ca l’ui (Ca l’Ull sería correctamente en catalán) significa La Casa del ojo, porque las personas que nacimos allí tenemos los ojos muy grandes…(yo esto lo he heredado). La foto que te he mandado con mi bisabuelo se hizo frente a esta casa. Uno de mis antepasados se la jugó a las cartas y ya no nos pertenece, lo que hizo que mi abuela marchara recién casada a buscarse la vida primero con su marido Pep y su hijo mayor Joan a la Colonia Textil de La Mambla d´ Oris (allí nació mi madre).  Y pasada la guerra civil se instalaron definitivamente en Olot. Pero las condiciones laborales de la fábrica eran tan duras y el sueldo tan pequeño que no les llegaba para alimentarse. Por eso entre las familias pobres decían esa frase “Anem a passar la nit pels armaris” (vamos a pasar la noche por los armarios) Buscaban de noche en los campos algo para alimentarse. Clara trabajó en la Fábrica textil hilando calcetines hasta bien mayor, cuando pudo trasladarse a vivir con nosotros al piso de Barcelona.
Mi padre Miguel heredó el negocio de sastre de mi abuelo Miguel “El Buen Paño” (el que era pastor de cabras en Nerín y que se reinventó a sastre al llegar a la ciudad). Mi madre cosía en el taller de mi padre recién casada, y más tarde pudo abrir una tiendecita de ropa en la planta baja de edificio de Barcelona (Ronda Sant Antoni, 20). La cerraron al jubilarse. La sastrería de mi padre fue una de las primeras en acceder el pago a plazo de los trajes para la gente humilde de la ciudad, en concreto tenia muchos clientes que vivian en las barracas de Montjuic, yo recuerdo acompañarlo allí los domingos para cobrar cada semana.

Iaia Clara cosint.

Yo he estado muy unida a mi abuela Clara. Ha sido mi guía,mi madrina, mi madre también porque hemos pasado muchos momentos juntas. Me explicaba cómo abortaba con unas agujas de media en el pequeño lavabo del piso de Olot… y bueno, como familia tenemos una historia bien entretenida la verdad… imagino que como todas. Por ella, mi hija mayor se llama Clara, como yo también. .

-Passar la nit pels armaris: Me escribiste en el formulario que era algo que te contaba tu abuela. ¿Recuerdas la primera vez que te lo contó? ¿Cómo fue? ¿Lo contaba con pena, enfadada? ¿Qué te produce a ti esta expresión? ¿Es conocida en tu tierra o solo la conoces por tu familia?  

Mi abuela Clara siempre me explicó lo mal que lo habían pasado en su vida en Olot. Ella era muy como su nombre…¡una persona muy clara! Decía las cosas como las pensaba. Muy valiente, sobrevivía al fin y al cabo, una obrera luchadora. Me contaba las historias de la familia para que no se olvidaran. Y “passar la nit pels armaris” era una de mis expresiones preferidas. No creo que mucha gente la conozca… todavía no me he topado con nadie que la dijera también. Es una pena que desaparezcan frases así, por eso me animé a compartirla contigo. No lo contaba con pena, ni mucho menos, era una mujer muy fuerte y tenía las cosas muy claras. Yo siento orgullo de mis raíces. Creo que mi vida con mi abuela me ha hecho como soy, una persona muy comprometida socialmente y esos mismo lo he trasladado a mis hijas, Clara y Blanca.. Ellas siguen ahora una deriva feminista que me enorgullece, aprendo de ellas cada día. 

Me gustó mucho leer que se la habías transmitido a tus hijas, para que no se pierda. ¿Por qué crees que es importante que conozcamos esta expresión? ¿Cómo reaccionaron tus hijas cuando la conocieron? ¿Ellas cuentan también la expresión?

Mis hijas, Clara y Blanca, se han formado en el núcleo de una pareja muy humanista, amante de la libertad y de la tierra, de la naturaleza y del respeto. Así que ellas son personas también muy comprometidas. De bien pequeñas han oído hablar de su abuela Clara, de su vida en Olot, de la miseria de posguerra. Clara, mi hija mayor, muy empoderada, es licenciada en Historia del Arte y gran amante de la pastelería de vanguardia. Ha tenido una relación muy intensa con mi madre Dolors, hasta el día que murió, hace pocos años. Mi madre pasó los últimos diez años muy malos, Clara y Blanca me ayudaban en las tareas más duras de limpieza y cuidado… esto las ha hecho fuertes y grandes personas. Blanca, mi hija menor, está estudiando Antropología, es muy feminista y muy comprometida también. Con ella tenemos algunos asuntos de recuperación de la memoria histórica familiar: una prima-hermana de mi madre que apareció hace muy poquito, que se llama igual que mi madre, Dolors. Esta historia es preciosa porque antes de que muriera mi madre se reencontraron las dos Dolors y mi madre le pudo explicar cómo era su madre biológica… muy emotivo. Ahora tenemos una familia más extensa. Otra herida pendiente es mi tío-abuelo Miquel (hermano de Clara y María) que murió en la batalla del Ebro luchando en el bando republicano y aún no lo tenemos localizado. 
Como compruebas mi vida está plagada de Migueles, Claras, Dolors y Blancas.  Y sí, mis hijas cuentan orgullosas esta expresión. De vez en cuando se la vuelvo a refrescar para que no la olviden. 

Iaia Clara arbre.

*fotografías del archivo de Pilar.

Si conocéis más historias y significados sobre esta expresión, o queréis compartir nuevas para alimentar esta almáciga, podéis hacerlo aquí.

Recochura, almelga y zahareta: tres palabras nuevas que nos trae el fresco a Almáciga.

Ha sido complicado elegir las palabras para seguir alimentando esta almáciga… ¡porque el buzón está lleno de ellas! Muchísimas gracias por vuestros mensajes y por el cobijo que le dais al libro y a este semillero colaborativo. Poco a poco, iré publicando las palabras que me hacéis llegar. He pensado subirlas agrupadas poco a poco, para darles más protagonismo, buscar si las palabras que llegan tienen más significados o historias curiosas y que sea más fácil compartirlas y darle vida a este vivero de palabras.

Recochura

Cuando hace fresco, en el pueblo de Pedro Muñoz, en Castilla la Mancha, se dice que hace recochura, que hay recochura. La palabra, que no aparece en el diccionario de la RAE, la manda Juan Elías Colmenero, que se la dio a a conocer una mujer del pueblo cuando estuvo allí y le gustó tanto que le ha dado nombre al club deportivo de senderismo en Collado Villalba.

Almelga

En el libro de Almáciga, aparece la palabra txola (del euskera), que es como se llama a la acción de sembrar agarrando pequeñas semillas con las manos y lanzándolas a la tierra, esparciéndolas en montoncitos. Daniel Renedo nos manda la palabra Almelga, desde la comarca Odra-Pisuerga de Burgos. Esta palabra castellana, como él me cuenta, significa desperdigar semillas con las manos. La almelga se convierte en una medida de longitud. Los doce metros que se alcanzan con el gesto de desperdigar semillas de cereal a mano. Las semillas van en un saco. Este saco se anuda de una forma especial para poder llevarlo al hombro.La palabra llega a mi a través de mi padre, campesino. He sembrado a mano.

Sin una l, en el diccionario de la RAE sí encontramos amelga:

Amelga, Almelga.

Me gusta mucho seguir estas derivas y transformaciones de nuestras palabras que van mutando también no solo el nombre, sino el significado

Zahareta

Y para terminar, cerca de mi pueblo, desde La Puebla de los infantes, en Sevilla, Hortensia González nos regala una palabra preciosa que tampoco sale en el diccionario de la RAE y que lleva como nombre una calle de su pueblo . Zahareta, lugar salvaje, bravo, donde todo crece al azar.

Si conocéis más historias y significados sobre estas palabras, o queréis compartir nuevas para alimentar esta almáciga, podéis hacerlo aquí.

No sólo una mujer y una máquina de coser: todo lo que conlleva la palabra aparadora

En la foto, la madre de Inés Alcolea

Habría un hueco gigante.

Un hueco que los hombres no podrían rellenar, ni todos los de la ciudad. Ni los niños, ni los abuelos, ni los que no se han dedicado al trabajo artesanal a lo largo de su vida.

Las máquinas de coser dejarían de cantar, y la provincia entera se pararía, congelada en el tiempo. Nadie sabría qué es lo que pasa, porque no podrían ver nada. Antes las teníamos a nuestro alrededor, pero de repente ya no estarían. Y nada funcionaría.

Así comenzaba Gloria Molero el artículo que escribió en BuzzFeed en julio de 2018 sobre las aparadoras. Había olvidado por completo este texto que me dejó tan marcada el día que lo leí, que tuvo que venir Inés Alcolea a refrescarme la memoria al ser la primera persona que usó el buzón de este semillero colectivo mandándome la palabra aparadora.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, aparadora se refiere a quien apara, cose piezas, y al mueble donde se guarda o contiene lo necesario para el servicio de la mesa. En estas acepciones, no encontramos el trabajo precario e invisibilizado, ni las máquinas de coser ni el cuerpo ni las historias de tantas mujeres que hay tras esta palabra. Hablamos con Inés y Gloria sobre ello.

La palabra aparadora en la sangre

Para Gloria, la palabra aparadora se escucha en las casas ilicitanas prácticamente desde que naces, aunque no vivas con ninguna. En su casa, su familia se ha dedicado al calzado pero no a esta tarea. Su vecina, sus tías y las amigas de sus padres sí aparaban. Es una palabra tan orgánica y natural en los ambientes ilicitanos y de la provincia de Alicante que prácticamente la llevamos en el torrente sanguíneo. Gloria, tiene que salir de la ciudad para darse cuenta de todo lo que hay detrás de esta palabra:  Para mí era una palabra más que no tenía importancia hasta que salí de mi ciudad y vi (vimos) que era necesaria empezar a dársela para reivindicar las condiciones de las trabajadoras del calzado, en especial las de aquellas que están en su casa, invisibles y aisladas con unas condiciones que, hoy en día, solo han empeorado.

Fotografía de Gloria Molero para el libro Aparadoras de Gloria Molero y Beatriz Lara

Decir la palabra aparadora es decir mamá

Para Inés, decir aparadora es decir mamá. Todas las mamás de mis amigas en el colegio eran aparadoras, y, por mucho que lo quisieran ocultar vistiéndose de punta en blanco al buscarnos a la salida del colegio, las delataba las manos llenas de resto de cemen reseco. Mi madre dice que decidió tener un trabajo en casa porque así podía disfrutar de mi hermana y de mí al mismo tiempo que era independiente salarialmente, porque mi madre siempre nos recordaba que no está bien depender nunca de nadie, ni siquiera de un hombre al que quieres mucho. Yo le agradezco que tomase esa decisión de estar en casa porque siempre que volvía del colegio, del instituto y casi de la universidad, ella estaba ahí, en su hueco de aparar, rodeada de sacos con cueros, hilos y hebillas, dándome conversación, preguntándome por mi día, ayudándome a pasar por cada fase de mi adolescencia. Y nunca sin dejar de aparar, ese ruido constante, junto al de la radio, que para mí, suena a mamá.

Mientras les escribo para que me cuenten más acerca de esta palabra y todo lo que conlleva, muchas veces en la sombra, invisible, y sin ser nombrado lo suficiente, no dejo de pensar en una máquina de coser unida al cuerpo de una mujer. La imagino cosida a los dedos, a base de puntadas e hilos de colores, mientras en la casa siguen sucediéndose los cuidados, las tareas domésticas, la vida. Por eso, sentí la necesidad de saber qué era lo primero que se les pasaba por la cabeza al oír la palabra aparadora:

Gloria lo tiene claro, y me habla del cuerpo, de los problemas de espalda, del dolor, de la artritis, de la vista que se desgasta como los dedos se lastiman y se hinchan los tobillos. Un cuerpo tenso que se inclina sobre la máquina, muchas veces sin la luz adecuada, no suficiente para el trabajo a realizar. Pero. No solo todo se reduce al cuerpo, también aparece el sonido de la máquina a un ritmo constante, el olor del ‘cemen’ (el pegamento que se usa en el calzado) y los trocitos de cuero o pieles varias desperdigados por el suelo.

Inés y su hermana al lado de su madre aparando

Inés me responde con una sola sensación, con una sola palabra, pero que trae consigo condiciones laborales precarias, horarios interminables, y un trabajo poco valorado, invisible.

Calor. El calor del cuero de las botas y botines en verano, el sudor resbalando por la espalda de mi madre que se multiplicaba por la uralita bajo la que aparaba. Mi padre le puso un toldo a la uralita para que no pasase tanto calor, pero aun así sudaba. Recuerdo un año en el que mi hermana y yo tuvimos que ayudarla. Yo era más mayor y me levantaba casi a las seis de la mañana con ella para cortar los hilos y los forros, el cemen se pegaba por todas partes y luego hacía daño al lavarlo porque se agarraba a los pelos del brazo. Eran condiciones inhumanas, con un horario que a veces terminaba después de irnos a dormir. La casa olía a cola y mi madre tenía que atravesar el mar de zapatos a medio hacer para cocinar, barrer o mandarnos a hacer recados. Luego venía su jefe con un camión y cargaba los sacos de zapatos hechos y bajaba los nuevos sacos con zapatos por hacer, y mi madre se lo agradecía con una sonrisa. Había sacos por toda la casa, como si fuese un gran almacén, mi casa podría ser menos casa porque era un taller de aparado, y a mi madre le daba vergüenza que viniesen amigas a jugar, pero no conozco otro hogar.

Fotografía de Gloria Molero para el libro Aparadoras de Gloria Molero y Beatriz Lara

Pero, ¿qué mujeres son las aparadoras? ¿Es una palabra ligada a una clase social, género, condición o lugar concreto y delimitado?

Para Gloria, la palabra aparadora suele tener una condición tanto de género como de clase, también de región: Hay hombres aparadores, pero al menos no se conocen o no hay muchos en España (o, al menos, en la costa levantina). En otras zonas (creo recordar que Marruecos y/o algún país de Latinoamérica) es un trabajo principalmente masculino. Aquí no. Es un trabajo femenino que se podía hacer en las fábricas (en las fábricas grandes había puestos enteros para aparadoras) pero que, poco a poco, se fue relegando a la esfera privada de las casas y las cocinas de las mujeres. Hace falta años de práctica, ya que una buena aparadora sabe hacer un zapato de principio a fin, y esos años de práctica no siempre son remunerados. Muchas empezaron en fábricas como ayudantes y fueron subiendo poco a poco, otras desde pequeñas en talleres clandestinos, o a otras simplemente las enseñaron sus madres, tías, abuelas o las mujeres a su alrededor. Las aparadoras suelen ser mujeres, ahora mayores (de más de 50 y de 60) que, en su día, tenían que cuidar de los niños o llevar una casa adelante mientras el marido trabajaba, o tenían que aportar dinero a la casa porque con los sueldos de los padres no daba para más. Hay un componente de emancipación femenina muy fuerte en el puesto de la aparadora, ya que trabaja por sí misma y le pagan a ella, y hay rumores de que gracias al trabajo del aparado hay tantas mujeres divorciadas en Elche, ya que trabajar toda la vida y manejar tu propio sueldo te permite no ser dependiente de un hombre y separarte de él para mantenerte con tu propio sueldo. Sin embargo, las malas condiciones y los confinamientos en las casas le quitan toda la libertad económica que puedan tener.  Las aparadoras llevan toda la vida intentando conciliar y teniendo los problemas que se están planteando ahora con el teletrabajo. 

Para Inés la cuestión de clase asociada a la palabra aparadora es clave: 

Es una palabra con tanta clase social que cuando se llevaron todo el calzado a China nadie protestó porque no podían. Para el estado, los zapatos se hacían solos porque no existían contratos, ni tampoco pagaba nadie impuestos, era magia. En mi pueblo, las mujeres aparaban y los hombres hacían suelas en las fábricas de caucho, ellas sin contrato, ellos con contratos. Las aparadoras agradecían tener dinero, tener flexibilidad para poder dar a sus hijos de merendar, recogerlos de la escuela, limpiar la casa y, al final, era un trabajo invisible que se unía a otro trabajo invisible. Cuando se llevaron el calzado a China mi pueblo se quedó sin trabajo y solo los hombres recibieron paro.

La hermana de Inés junto a la máquina de coser y los botes de cola tóxicas que se usan para aparar.

¿Y si pudiéramos darle una vuelta a todo lo que significa y contiene una palabra? ¿Y si dando paso a otras narrativas pudiéramos transformarla sacando a la luz todas las historias que hay detrás de la palabra aparadora?

A Gloria le gustaría que significara compañerismo, porque para ella, uno de los grandes dolores psicológicos del aparado es la eterna soledad:  se ha mantenido a estas mujeres separadas y solitarias porque así también era más difícil que se rebelaran y hablaran entre ellas. En las fábricas, los encargados ya se encargaban de hacerlas pelear entre ellas, que compitieran por los tiempos de fabricación y por la mejor faena que les daría unas pesetas más. En su aislamiento muchas de ellas han conseguido mantenerse unidas, ayudarse y ser compañeras, aunque fuera difícil físicamente. Ante la soledad impuesta por la industria, hay que apostar por un compañerismo trabajado y conseguido fuera de ella.

Inés, remarca la condición y delimita el lugar de esta labor, es un trabajo rural que se toma como una tarea más, y que merece una regulación, derechos y condiciones justas y le gustaría que la palabra significara y mostrara todas las realidades que contiene: Las mujeres de los pueblos están acostumbradas a no trabajar con un contrato, y lo aceptan sin pensar en las consecuencias. Se contentan con estar en casa, ver a su familia e incluso enseñan a sus hijos a poner hebillas. Mi primo le pedía a mi madre que le dejase ayudar cuando venía a casa y nos veía a y mi hermana y a mí poniendo hebillas a los zapatos

Me gustaría que esa palabra significase lo que tiene que significar: el trabajo que realizan mujeres cosiendo, pegando y adornando el cuero para formar zapatos. Ni más, ni menos, porque de esta forma será tratada como cualquier otro trabajo. Yo no sabía que no existía esa palabra hasta que hace poco hice un relato cuyos personajes eran aparadoras y me dijeron que qué era eso, que esa palabra no existe. Que no exista una palabra tan importante como esa significa no solo que sean invisibles para la legislación, para la economía, sino también para las historias que se pueden contar sobre ellas. Casi tienen más visibilidad ahora que están en países tercermundistas y se protesta por defender a dichas trabajadoras pero, ¿quién las defendía cuando el tercer mundo eran nuestros pueblos? 

Me resultó curioso ver que la primera vez que se habló de las aparadoras fue porque estuvieron cosiendo mascarillas durante el confinamiento. Una historia bonita que la prensa cubrió sin hacer más preguntas sobre su condición social, sobre lo que hacían, sobre cómo estaban pagadas o en qué horario metían esta noble acción de coser mascarillas.

Fotografía de Gloria Molero para el libro Aparadoras de Gloria Molero y Beatriz Lara

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Inés Alcolea trabaja como social media en proyectos tecnológicos y de videojuegos, es escritora y activista feminista. Nacida en Aspe, Alicante, ha ganado en numerosas ocasiones premios locales y provinciales de narrativa y poesía. Puedes encontrarla en editoriales como Cerbero o en el podcast Analfabestias

Gloria Molero es periodista y creadora de contenido. Co-autora del libro ‘Aparadoras’, de próxima publicación. La puedes encontrar en el podcast ‘Pobres Ratas’, sobre problemas de clase y anticapitalismo.

Sobre el libro Aparadoras:

Gloria y Bea comenzaron el proyecto en 2018 a través de la editorial Libros.com con una campaña de crowdfunding que salió adelante para publicar el proyecto. Está prevista su publicación para finales de este año o principios del que viene. Aparadoras es un libro de testimonios de las trabajadoras del calzado, no solo aparadoras, sino también de mujeres que trabajan en el calzado y en otros trabajos en fábricas de la provincia de Alicante. Como nos cuenta Gloria, las historias son diversas y están muy marcadas por los abusos laborales, físicos, enfermedades y muchísimas injusticias que se están denunciando hoy en día

Para más información: https://libros.com/crowdfunding/aparadoras/

Aquí el semillero continúa latiendo

portada de Cristina Jiménez para Almáciga

El campo y nuestros medios rurales tienen una manera de hablar única que hermana territorio, personas y animales. Muchas de sus palabras llevan demasiado tiempo a la intemperie. Si no las cuidamos, morirán con nuestros mayores y nuestros pueblos. Por eso en esta página web quiero seguir el camino que empecé en el libro de Almáciga. Me gustaría servir de sustrato para que todo lo que llegue a esta almáciga y se vuelva abierta y colectiva. Un lugar donde las expresiones de nuestras tierras descansen; una semillera para recuperar sus palabras y sus significados, para volver a oírlas y nombrarlas, para que arraiguen entre nosotros y las tengamos más cerca; un vivero en el que mimarlas y cobijarlas con nuestros cuerpos y acentos. Un diálogo-tejido con nuestros medios rurales para que germinen y puedan volver a existir. He de reconocer que antes de la pandemia y el confinamiento, tenía preparado hacer una serie de vídeos y entrevistas para abrir esta página con contenido. Ha sido imposible por ahora, pero quería contaros que poco a poco no solo cobijaremos aquí palabras, sino sus acentos, las lenguas en las que se desenvuelven y todo lo que hay detrás de una palabra: desde canciones, costumbres, oficios, lugares, personas… Espero empezar a seguir con este proyecto pronto. Mientras tanto, este rinconcito colaborativo echa a andar. He creado diferentes páginas donde podrás encontrar una idea general del proyecto, un listado de las palabras-semilla que vayan llegando, un semillero, donde poco a poco iré compartiendo contenido y un formulario de contacto a través del cual puedes mandar tus palabras.

Gracias por hacer posible este vivero que comienza a latir.

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