“Mamá, las palabras existen todas, otra cosa es que salgan en el diccionario”

En cada página, una letra, por cada letra, una palabra de lo que queda de un mundo y un habitar que desaparece. Entrelazamos una charla del lingüista Miguel Sánchez Ibáñez con su madre, Begoña Ibáñez, y una entrevista sobre el reciente libro de Miguel, La (neo)lógica de las lenguas. Cada uno, a su manera, recogen y aman las palabras y las lenguas, los acentos y los nombres. Con ellos aprendemos que todas las palabras existen y viven, y descubrimos que los neologismos son una forma de cuestionar y desafiar lo establecido, la centralidad y los privilegios. 

Palabras que no quiero olvidar. Ese es el título, escrito a mano, del cuaderno de Begoña Ibáñez, nacida en Lebanza, en 1960. Este pueblo de Palencia fue, hasta el XIX, una tierra donde se trabajaba el lino. Como testigo de aquellos tiempos, queda el prado de La Pisa y la huerta de El Molino, donde se encontraban los batanes. Dos arroyos, y los huecos donde estuvieron sendos molinos, los abrazan. Uno de ellos fue expropiado en parte para construir la carretera del pueblo, un nuevo trayecto que rompía los antiguos senderos; y la disposición natural del lugar. Con 12 años, Begoña sale del pueblo, cuando cierran la escuela. Por ser hija de minero, pudo estudiar en un pueblo de Guipúzcoa, aunque siempre tuvo claro que ella quería volver a su tierra. Y desde ella nos regala algunas historias, costumbres y palabras de Lebanza y su familia.

A Begoña hay palabras que siempre le han llamado la atención, como los insultos a las mujeres que siempre la han dejado boquiabierta. “Lo mucho que le decían a un hombre como insulto era gandul.” A ella la llamaban pandorga porque no le gustaba coser. Quizás ella no es consciente, pero visibilizando estas palabras e insultos conocemos un poquito más de dónde venimos y el arraigo tan fuerte del machismo y la desigualdad de aquella época que algunos hoy tanto se empeñan en idealizar.  Aquí una lista para nada pequeña de esos insultos a las mujeres, muchos de ellos también de animales, que ella recoge en su cuaderno para no olvidar todas esas palabras que existían para descalificar a las mujeres: 

– Escotofia: mujer dejada para las tareas del hogar

– Perdía: madre soltera

– Rodea: el paño de cocina, también se usaba para llamar de forma despectiva a una mujer.

– Sofocativa: pesada, cargante

– Sanjuana: alocada, despistada

– Garduña: mujer que hurta (garduñar)

– Lumia: mujer falsa y mala

– Andá: hijastra de la segunda mujer de un marido (también descubrimos que andá también es “lombillo”, la hilera de hierba que se hacía para cargarla después en el carro).

– Pandorga: mujer pasota, que va a su aire.

– Legaterna: lagartija. Mujer falsa, escurridiza.

– Horra: Mujer estéril. Begoña nos cuenta que si una mujer era estéril, también era una mujer mala.

– Peroncha: chica joven que no se cuida y pasa de su aspecto físico

– Regocha: mujer que no se lava.

Escucha aquí a Begoña acerca de su cuaderno y algunas de estas palabras .

Entre las fotos que me manda Miguel, esta enseña a los dos únicos bebés que nacieron en 1960 en Lebanza. La pequeña de la izquierda, es Begoña, su madre. Y es, en cierta forma, una especie de presagio. Hoy en Lebanza solo viven 12 personas. Allí, en el tiempo que creció Begoña, la gente del pueblo se dedicaba a la ganadería y a la agricultura de subsistencia. Los más pobres, además del campo solían trabajar en las minas y en una fábrica de harinas del pueblo de abajo. El padre de Begoña trabajó en la mina durante nueve años. Los primeros años iba caminando, luego vino la bicicleta y los dos últimos años llegaba gracias a un autobús que lo recogía a tres kilómetros de su casa. “¿Y abuela que hacía?” pregunta Miguel en la charla grabada. El resto, contesta Begoña, abuela hacía el resto: cuidar de las vacas, arar, sembrar, trabajar el huerto y cuidarnos a todos nosotros. 

En la foto: La abuela de Miguel vuelve del huerto con un cesto lleno de hojas de remolacha para los cerdos y su bisabuela sujeta a otra niña de la familia.

A Begoña le resulta más fácil recoger las palabras en Lebanza. Quizás porque quedan algunas personas como su primo Alfredo, que las sigue usando. Quizás, como ella cuenta, “estoy en el sitio donde tengo que estar para usarlas”.  Se emocionan recordando las vacas de la familia, todas tenían nombre. Siempre había una que se llamaba Saja, por el río Saja de la tierra de la bisabuela Práxedes, que era del valle de Liébana y siempre fue forastera en Lebanza. Miguel se ríe recordando lo que le fascinaba de pequeño ver cómo su abuela reconocía a todas las vacas y  la respuesta que le dio su abuela cuándo le preguntó cómo es que podía diferenciarlas sin equivocarse:  Pues igual que con las personas

Otras palabras que nos regala Begoña a través de la grabación son caente, persona que es bien parecida sin ser excesivamente guapa, escullar (escurrir), entainar (enderezar, poner algo recto), gramar (mugir), miagar (maullar), uslar (escocer), y tongá, capa fina de algo como la nieve o como la grasa que queda arriba de un caldo.  También recoge en su cuaderno algunas curiosas y bonitas como estas que se refieren a los animales: por ejemplo, esquilu es ardilla, rumiago, la babosa, vacaviruela la salamandra, tasugo el tejón y legaterna la lagartija. 

Miguel, en el audio te escucho decir que tu abuela era muy de contar. Creo que le dedicas tu libro a ella. Quería preguntarte acerca del ese amor por las palabras y las lenguas que os vertebra a los tres ¿De dónde crees que te viene este vínculo y este lazo con las palabras?

Es a mi abuela, “mi primera mina de palabras especiales”. Recuerdo cómo adoptaba yo sus palabras, cada verano cuando iba a pasar las vacaciones a Lebanza, y la gracia que eso provocaba en el resto de la familia. Las palabras que mi abuela utilizaba eran ventanas a un mundo exótico y a la vez muy cercano que yo no me quería perder por nada del mundo: los nombres de los animales, de los aperos, de los fenómenos meteorológicos, el calendario, los adjetivos de personalidad o de carácter… mi abuelo la miraba desde lejos con resignación, como pensando “vas a confundir al chiquito” y sacudía la cabeza, pero a mi abuela le daba igual. Era su manera de estar en el mundo y la única que me podía enseñar. Un mundo cada vez más acorralado por la estandarización de las formas de vivir y de nombrar, y que mi abuela entendía como su medio natural. No había militancia ni trascendencia de ningún tipo en sus “palabras especiales”, tan solo una ausencia total de alienación, una naturalidad que era lo que hacía que yo percibiera tanta verdad de su manera de estar en el mundo. 

En mi caso, el camino ha sido bastante largo, fui niño lector, que devoraba todo lo que caía en mis manos, ya fueran libros de El Barco de Vapor, novelas más adultas, enciclopedias, la revista Pronto o el Antiguo Testamento. Me daba igual, lo leía todo, sin filtro ni criterio. En casa jamás me vetaron ninguna lectura, y hay varias a las que llegué antes de tiempo… pero a pesar del susto, el peaje me mereció la pena. Aquello enriqueció mi vocabulario desde muy pequeño de un modo bastante llamativo. Me pasé la adolescencia jugando a escribir palabras sonoras y creyéndome poeta, cuando lo que me pasaba en realidad es que era un repelente de tomo y lomo absolutamente embebido de las ganas de proyectar todo lo que había leído. El cóctel que generaba esa impostación adolescente y el contacto con el mundo que representaba mi pueblo, que encarnaba, en muchos aspectos, todo lo contrario, fue la chispa del big-bang que me hizo escoger la lengua como camino profesional. Me recuerdo decidiendo estudiar Traducción e Interpretación una tarde de verano, mientras cogía té de roca con mi tía. En Lebanza, claro. 

He ido sobrevolando la lengua como traductor, intérprete, profesor de español, de inglés, terminólogo… y al final, lo que me maravillaba en todos los casos era el léxico: la capacidad de encapsular parcelas de realidad, ya fuera por lo vertiginoso de trasvasarlas a otras lenguas como por lo emocionante que es toparse con alguna por primera vez. Paralelamente a ese periplo profesional he trabajado de forma ininterrumpida en un observatorio de neología, ahí llevo más de una década, recopilando y clasificando palabras que aparecen en periódicos pero que no constan en los diccionarios. El observatorio me ha hecho mantener un idilio de años con la creatividad léxica que, al final, se ha convertido en un oficio.

Puede parecer que esas palabras nuevas no tienen nada que ver con las de mi abuela, que de nuevas tenían poco, pero lo cierto es que, al profundizar en el estudio de la neología, cada vez encuentro más similitudes: la neología se ocupa, en esencia, de observar y entender cómo se crean nuevas palabras y de qué manera se integran en la lengua. Todas, en mayor o menor medida, están mediadas por el sesgo de los hablantes que las reciben, por el peso de la norma… exactamente igual que las palabras de mi abuela, que tanto hacían reír al resto de mi familia cuando era yo quien las usaba. Al final,  (y aquí habla el lingüista, no el nieto) al hablar de la aceptación del léxico, la clave no reside tanto en su novedad o su antigüedad, sino en lo periférico o liminar que resulta: la manera de nombrar el mundo que tenía mi abuela y las nuevas formas que surgen constantemente se encuentran en los límites del canon, en las periferias de lo aceptable. Son cuestionamientos a la variante estándar del idioma, y al mismo tiempo, acicates que le hacen crecer. 

Yo creo que en la recopilación de mi madre se esconden dos cosas: por un lado, el anhelo de aferrarse y preservar los últimos vestigios del mundo en que nació, de fijar sobre el papel lo que de otro modo se desvanecería en diez, quince años, cuando empiecen a desaparecer la última generación de personas nacidas y criadas en Lebanza. Y por otro, y esta es la parte que me conmueve, están sus ganas de regalármelas a mí personalmente. Su cuaderno es un legado que trenza el mundo que no quiere perder con el cariño que me tiene y la consideración que tiene por mi labor como lingüista.

Escucha aquí por qué Begoña recopila todas estas palabras en su cuaderno.

-Me gusta muchísimo cuando en tu libro hablas de relativizar el peso de la nostalgia en cuanto a preservar ese diccionario normativo y a la reticencia de reinventar nuestras lenguas. ¿Cómo podemos recuperar e inventar a la vez nuevas palabras sin caer en esos romanticismos y esos anhelos que muchas veces son reaccionarios?

Pues vuelvo un poco a lo que apuntaba en la respuesta anterior: tendemos a concebir las lenguas en clave lineal, como ejes del tiempo en los que las palabras aparecen y desaparecen cronológicamente. Creo que es mucho más interesante adoptar una concepción radial, en la que nos fijemos en qué caracteriza el centro y qué las periferias, y, lo que es más importante: el empuje constante del primero para ir asimilando a las segundas: las palabras que hace unas décadas despertaban las suspicacias de la norma ahora forman parte de ella. En el libro digo que “en lo que respecta a las palabras, cualquier tiempo pasado no tiene por qué haber sido mejor”. Y añado: ni peor. Los cambios, los avances y retrocesos que protagonizamos como sociedad, generan nuevas necesidades denominativas y arrinconan otras, y eso no es ni bueno ni malo: simplemente es. Intentar entender las palabras a base de juicios de valor es una trampa que acaba por generar esa romantización del lenguaje, esos sentimientos reaccionarios que mencionas.

– “Un puente inédito entre el mundo y quien lo nombre”. ¿Quién ha tenido el privilegio de nombrarlo hasta ahora? ¿Cómo abrimos ese puente a los demás? ¿Qué papel juegan aquí los neologismos?

En realidad el privilegio de nombrar corresponde a cualquier hablante. La cuestión es que hay hablantes más poderosos que otros y al final, sus maneras de nombrar acaban por prevalecer sobre las demás. Las palabras son un trasunto del mundo al que remiten. En su suerte entran en juego, de un lado, la realidad que denominan (si desaparece, también desaparecerán ellas), y de otro lado, el lugar que ocupan quienes las pronuncian en el engranaje de la comunidad de hablantes a la que pertenezcan. 

El puente está abierto a todo el mundo, lo que hay que hacer es dar altavoces a cualquiera que se anime a cruzarlo para que sus modos de nombrar trasciendan en todo caso. Y eso pasa por reducir el predicamento que tienen los discursos más normativos, que, casualidad o no, emanan de instituciones asociadas con el poder, el dinero, y ocupadas por personas de los estamentos más privilegiados. 

– Me parece maravilloso el ejercicio que haces de imaginar a eponimia, antonomasia y paranomasia como aliadas, convirtiéndolas en señoras de tu pueblo. Escribes: “las ubico en un nuevo mapa, en el que lejos de asustarme, hacen que me sienta como en casa”. ¿Cómo podemos acercar a todo el mundo la lengua y todo lo que conlleva? 

Cuando imagino a eponimia, antonomasia y paronomasia, que son tres de los mecanismos más comunes que utilizamos para dar nuevos significados a palabras que ya tenemos, me vienen a la cabeza mi abuela y el resto de mujeres de Lebanza hablando al salir de misa, o después de comprar el pan: espacios fugaces, aparentemente triviales y generados de casualidad, pero donde en realidad se condensaban vínculos muy intensos: hablar sin hombres adultos delante hacía que mi abuela y sus vecinas fueran las dueñas de su discurso, aunque el momento durara solo unos minutos. Recuerdo quedarme callado, escuchando y empapándome de sus charlas. Era un lugar seguro. Eponimia, antonomasia y paronomasia son palabras complejas, que remiten a conceptos muy comunes, aunque difíciles de explicar en abstracto, así que identificarlos con las mujeres mayores de mi pueblo me ayuda a perderles el miedo y a sentirlas como propias. 

Es necesario caer en la cuenta de las metáforas que, como hablantes, asumimos como puertas de entrada a nuestra lengua. Suelen nacer de instituciones normativas y crear paradigmas que condicionan el modo en que accedemos al idioma. Paradigmas de los que no participamos, pero que asumimos sin rechistar. Hace poco escribía un artículo sobre los préstamos, que son esas palabras que incorporamos de otros idiomas, y reflexionaba sobre las consecuencias que ha tenido en nuestras conciencias etiquetas como “préstamo crudo”. Hablar de palabras crudas remite a la primera fase de un proceso, el de la ingesta y posterior digestión de un alimento que, al no estar tratado, resulta difícil, cuando no imposible, de comer. Cocinarlo implica sazonarlo, ablandarlo, hacerlo, en definitiva, digerible, pero también gustoso, agradable a los sentidos de acuerdo con lo que nuestra cultura entiende por apetecible, lo cual nos lleva a una premisa que empapa cualquier actividad culinaria en la que podamos pensar: procesar un alimento para poder introducirlo en nuestro organismo trasciende a su mera transformación física y está inevitablemente atravesado por cuestiones culturales: nada como probar los platos típicos de una comunidad para acceder por la vía sensorial a los aspectos más genuinos de su idiosincrasia. No parece que una palabra que se tildada de “cruda” vaya a integrarse con facilidad en la lengua que la recibe.

Acercar la lengua a todo el mundo y facilitarles que se adueñen de algo que por derecho les pertenece, puesto que emana de ellos, pasa por desterrar metáforas de extrañamiento y normatividad y por abrazar otros símiles que transmitan seguridad, legitimidad y confianza, como el de la eponimia, la antonomasia y la paronomasia como mujeres rurales, por ejemplo. 

Miguel con su madre Begoña y su hermana Irene

-Como explicas en tu libro, todas las lenguas son válidas para hablar de cualquier cosa. ¿Cómo ayudan los neologismos a hacer crecer nuestras lenguas?

Siempre me ha dado mucho repelús el tópico que identifica a cada idioma con una función determinada (el francés para el amor, el inglés para los negocios, el español para la fiesta…): alimenta la idea de las lenguas como compartimentos estancos, caldo de cultivo de clichés y estereotipos. Cualquier lengua tiene el potencial necesario para nombrar cualquier parcela de la realidad. Otra cosa es que la comunidad que la utilice tenga los privilegios económicos, sociales y demográficos suficientes como para que le merezca la pena articularla para según qué temas o cuestiones. En el libro hablo de esta cuestión comparando las lenguas con un sistema solar (de nuevo, las metáforas). Si las lenguas orbitaran unas en torno a las otras, el centro estaría ocupado por el inglés. A su alrededor gravitarían otro puñado de lenguas con cierta hegemonía cultural y económica (francés, español, alemán, chino, japonés o ruso…) que, a su vez, tendrían unos cuantos satélites, (las lenguas con un gran número de hablantes, normalmente asociadas con identidades nacionales) en torno a las cuales también girarían pequeñas lunas y cometas: las lenguas periféricas (aquellas con un bajo número de hablantes y sin el respaldo de una entidad nacional potente). La dinámica que se desprende de este sistema en las circunstancias actuales es simple: cuanto más periférica sea la situación en la que se encuentre una lengua, más dependiente será del resto. A los pequeños cometas les será infinitamente más sencillo (e inevitable) adoptar las formas de nombrar de los planetas más centrales del sistema que apostar por maneras propias de nombrar. Pero a la larga, eso irá reduciendo su caudal léxico y arrinconando, en definitiva, su manera de entender el mundo.

En este contexto, la neología es la vía más clara para revertir, o al menos relativizar, esa dependencia: promover y legitimar la creatividad léxica de una comunidad de hablantes permite preservar maneras de entender el mundo y cuidar la diversidad lingüística y cultural, no como si estuviéramos hablando de piezas de museo que hay que preservar por razones históricas, sino porque multiplicar el potencial denominativo de un idioma minoritario lo revigoriza y permite a sus hablantes reivindicar su manera de nombrar la realidad. Y eso es, en definitiva, ecología, en el sentido más esencial de la palabra. 

– Y por último y no menos importante… ¿Por qué los neologismos? ¿Cuáles son tus neologismos favoritos? 

Procuro pensar en los neologismos más como proceso que como productos. Al final, fijarme en algunos en concreto me hace fetichizarlos y perder un poco la visión de conjunto, la verdad, Sin embargo, reconozco que mi debilidad son los neologismos formados por composición en los que hay un verbo y un objeto, del tipo salvapatrias o pagafantas: se trata de palabras que alcanzan el extraño equilibrio entre lo previsible y lo disruptor: No transgreden la norma establecida, así que no despiertan demasiadas suspicacias académicas, y, al mismo tiempo, activan los radares neológicos y la complicidad  de los hablantes con suma facilidad. Para mí son la cuadratura del círculo, la verdad.  

Cada neologismo es un cuestionamiento a lo establecido, un desafío a la centralidad y al privilegio. Igual que las palabras que usaba mi abuela, o las que va recogiendo mi madre en su cuaderno. Por eso todas ellas me emocionan tanto.

*Esta texto-entrevista que va desperdigándose y creciendo como algunos arroyos que empiezan a nacer ahora con las primeras lluvias, ha sido posible gracias al tiempo y la paciencia de Begoña y Miguel con esta Almáciga. Primero, surgió una entrevista de audio maravillosa en la que Miguel hablaba con su madre y me regalaban palabras e historias de Lebanza, y a través del libro y trabajo de Miguel, creció y cobijó también una entrevista. Gracias por vuestro cariño y paciencia infinita. 


Si conocéis más historias y significados sobre estas palabras, o queréis compartir nuevas para alimentar esta almáciga, podéis hacerlo aquí.

La última mujer de una lengua

Imagina que eres la última persona en todo el mundo que habla la lengua que te vio nacer, que te dio la voz y el nombre. Que toda tu tribu habla en inglés y ha olvidado la primera palabra, la raíz, el origen. ¿Quién susurra ahora las historias que os contaban todas las noches antes de dormir? Marie Wilcox era la única mujer en la tierra que hablaba Wukchumni. Ella nos dejó la semana pasada pero queda su legado. Gracias a su labor de recuperación, hizo todo lo posible para no ser la última, para evitar a toda costa que la lengua que hablaba de niña, no se muriera con ella.

En Tristeza de la tierra, el escritor Éric Vuillard escribe acerca de esos lugares de los cementerios apartados, mal cuidados, sin señales ni cruces. No hay nombres, no hay flores, nadie los visita. A veces, podemos encontrarnos en ellas una piedrecita, una flor que se secó, una palabra escrita a tiza en el suelo. No hay nada más. Para él, no existe nada más conmovedor que esas tumbas, porque son las tumbas de la humanidad. ¿Nos hemos preguntado por las lenguas, palabras y voces que también se fueron a la tierra con ellas?

Cuenta una leyenda, que hace muchísimo, muchísimo tiempo, no existían las personas, solo había animales. Y un día, Águila, el líder de todos, decidió que los animales debían crear a las personas. Todos los animales querían que la gente tuviera las manos como las suyas. 

Coyote y Lagarto querían que sus manos fueran las elegidas para los que vendrían. Por lo que Águila decidió que ambos se enfrentaran en una carrera hacia el punto más alto de la montaña. Quien llegara primero a la cima y la tocara con sus manos, sería el ganador. Y fue Lagarto quién llegó el primero. Saltando y sin parar de reír, dijo: “Ahora la gente tendrá las manos como yo.”

Así es la historia de Cómo conseguimos nuestras manos, una leyenda de los Yokuts, una tribu de California de la que solo quedan 200 personas. Pero solo una de ellas sabía hablar toda su lengua, el Wukchumni.  Se llamaba Marie Wilcox y murió la semana pasada con 87 años. Era la única mujer que la hablaba con fluidez y que llevaba más de veinte años trabajando en un proyecto para evitar que su lengua se muera. Con su labor, creó una especie de diccionario del idioma y un registro de grabaciones, palabra a palabra, junto a la ayuda de su hija y de su nieto para que la raíz de su tribu y de la lengua que la vio nacer sobreviva y no desaparezca para siempre.

El diccionario de Marie Wilcox aún no se ha publicado.

Fueron muchos los días que pasó tecleando con un dedo de cada mano, con un empeño infinito para devolver la vida a la lengua que la vio crecer. Un camino de regreso a la infancia para recuperar el Wukchumni: al morir su abuela, única mujer de su familia que nunca llegó a hablar inglés, con ella se fue la raíz y el idioma. Y la tarea que emprendió Marie no fue nada fácil, ya que la lengua nunca había sido escrita. Gracias a Marie’s Dictionary, el maravilloso documental de Emmanuel Vaughan-Lee, pudimos ver el amor y la constancia de la última mujer que hablaba una lengua que se está muriendo. Y también gracias a este registro, la familia de Marie se dio cuenta de lo valioso que era lo que estaba haciendo su abuela. Necesitaron ver a su abuela y sus palabras en un documental para valorar su cultura, su propia lengua y la labor que estaban presenciando en casa. Desde entonces se sumaron al trabajo y defensa de Wukchumni. Nicholas Luna, apache y colaborador del diccionario de Marie, cuenta que ella encendió una llama dentro de ellos, un fuego que los alentaba a seguir cuidando y hablando su lengua. “Ahora sueño en Wukchumni”

Según la Unesco, solo en Estados Unidos, hay más de 130 lenguas que se encuentran en peligro de desaparecer, de las cuales más de 70 están en peligro crítico. En este reportaje de The New York Times sobre el trabajo de Marie Wilcox, también descubrimos un dato desolador: se estima que hay 7000 lenguas en el mundo en peligro. La mayoría de ellas originarias de los pueblos indígenas. Muchas de ellas no se hablan, no se escriben, ni siquiera existe algún tratado o diccionario que recopile sus historias y palabras. La asimilación cultural y la reubicación, ambas de manera forzosa, fueron, entre otros factores que tanto daño hicieron a estos pueblos, la causa de que muchas de estas lenguas estén en peligro de extinción. Una cultura de la tierra infinita y valiosa que no podemos dejar morir. En estos tiempos de incertidumbre y emergencia climática en la que tanto nos preguntamos y nos imaginamos nuevos mañanas, antiguas y nuevas palabras, quizás, puedan ayudarnos a habitar el territorio y a crear nuevos vínculos de formas diversas y diferentes, que nos enseñen otras maneras de ver el mundo y a relacionarnos con él y los demás seres.

“Tan importante es conservar las palabras como preservar la naturaleza que nombran”

ilustración de Cristina Jiménez

Mónica Fernández-Aceytuno es bióloga y escritora. También una guardiana y divulgadora de la naturaleza. Como ella dice, trabaja por y para la naturaleza. Hablar con ella es como beber de un arroyo fresco en un día de verano, como ese primer olor que viene al segar la hierba. Con esta entrevista, nos trae a Almáciga su historia, su amor y defensa por el territorio, y muchas palabras de sus últimos libros, los Diccionarios de la Naturaleza, ella, que nunca pensó que se dedicaría a escribir, es una escritora de tierra que susurra y emociona. 

Me gustó mucho y me pareció muy curioso, como terminas en uno de tus libros, mencionando “la tercera rama”. Imagino que para ti, es la rama donde confluye la naturaleza y la literatura, las ciencias y las letras. Tú la llamas la rama donde anidan los pájaros. ¿Cuándo nació en ti el impulso de escribir? ¿Por qué esta tercera rama?

Realmente no sé decirte cuándo. Siempre pensé estudiar Ciencias. Yo nací en África, pero recuerdo de pequeña, viviendo en el centro de Madrid, cómo me asombraba descubrir cómo germinaba una semilla que sembraba en una maceta. De ahí toda la curiosidad que me llevó a la biología, a la vida de las plantas. Nunca pensé en escribir, sí es verdad que los comentarios de texto me salvaron la selectividad. Mi abuela me daba los pasaportes caducados para que yo escribiera, era una niña que estaba todo el día leyendo y escribiendo. Pero no sentía esa vocación, aunque estaba ahí. No recuerdo cuándo, pero hubo un día que el médico de aquí de Oza, me dijo: “Mónica, lo tuyo es escribir”. Y me quedé asombrada porque yo creía que mi camino era la ciencia, no la escritura. Y ahí pensé en un camino en el centro, y que yo sin saberlo, quizás, lo estoy buscando. De ahí esa tercera rama donde anidan los pájaros. Muchas veces nos encontramos que hasta el científico más reputado no es capaz de atrapar los conceptos, y el escritor puede hacerlo pero a veces, le falta la base científica que tiene el primero. Yo creo que es necesario esas dos partes para comprender la naturaleza, y a la vez expresarla de una forma certera como una fórmula química con la que aciertas. Muchas veces para mí, cuando estoy escribiendo y doy con la frase que quería, es cómo descubrir un planeta, una planta. La escritura tiene para mí también ese lado científico de un ¡eureka!.

Eres una de las escritoras de la naturaleza de nuestro país reconocida y premiada, con una trayectoria gigante. Por fin leemos, nombramos y conocemos a más mujeres que escriben como tú. Generalmente, esta “nature writing” ha estado muy ligada a los hombres. Y si preguntamos por escritores de la naturaleza, lo más seguro es que nos respondan con nombres de escritores. ¿Qué piensas respecto a esto? ¿Cuáles han sido tus referentes?

Siempre he leído por instinto. Recuerdo una librería en A Coruña que ya no existe, a la que iba encontrando los libros igual que como vas buscando y encontrando las flores. Mi manera de leer ha sido muy errática, y siento que he leído muy poco, digamos que he leído de una forma muy selectiva. Para mí es muy importante lo que una lee como lo que no lee. Pienso que a lo mejor la escritura podría estropearse. He de decirte que no lo hago de manera consciente. No he tenido tampoco un referente específico. Sí que me recuerdo en Galicia, cuando llegué, con esos inviernos interminables, leyendo toda la literatura rusa que me encanta. También he leído toda esa literatura de la naturaleza de la costa este americana, en la que yo incluiría  a Emily Dickinson, que se ha quedado fuera de muchos movimientos. Era una mujer con una relación con la naturaleza única, que tenía el aislamiento necesario para escribir. A mí lo que me llena es cuando leo algo que me emociona, que me gusta tanto que necesito pensarlo. De nuestro país, me gustan mucho los escritores Miguel Delibes y José Antonio Muñoz Rojas, un poeta maravilloso, por esa conexión con el campo tan auténtica. Otra escritora que me gusta es Juana de Ibarbourou, poeta uruguaya. Su relación con la naturaleza era absoluta. Podía estar acunando a su hijo y pensar de qué madera, de qué árbol es la cuna en la que descansa su bebé. Te recomiendo sus libros, Raíz salvaje y Las lenguas del diamante.  

Si yo supiera de qué selva vino

El árbol vigoroso que dio el cedro

Para tornear la cuna de mi hijo…

Quisiera bendecir su nombre exótico.

Quisiera adivinar bajo qué cielo,

Bajo qué brisa fue creciendo lento

El árbol que nació con el destino

De ser tan puro y diminuto lecho.

(fragmento del poema La cuna de Juana de Ibarbourou)

Eres una firme defensora del medio rural  y su patrimonio. Este año,  has impulsado un manifiesto para que Montes do Gato sea declarado como parque natural para proteger su biodiversidad, paisaje, yacimientos arqueológicos y patrimonio, amenazados por un proyecto mega-eólico. 

Ahora mismo, hablando contigo, desde donde estoy, en los Montes do Gato,  veo un castro maravilloso, con los robles delante, toda la hierba sin segar, moviéndose. ¿Sabes que ese movimiento se llama brizar? Es como acunar las ramas y los tallos, es un movimiento que hace ondas, como el mar. Pensar que quieren dinamitar este monte (una parte es toda macizo granítico) para poner los aerogeneradores, cinco líneas de alta tensión y una subestación eléctrica…  La gente de aquí está desesperada porque su modo de vida no es ese. Es una absoluta usurpación del territorio, un daño tremendo a la biodiversidad: aquí tenemos unas brañas con unas especies únicas y muy especiales, porque han estado aisladas. Estos días me acuerdo mucho de una escritora de la naturaleza, Rachel Carson. Antes de escribir Primavera silenciosa, considerado uno de los primeros libros de ecología de todos los tiempos, ella se dedicaba a la divulgación, en especial de la costa de Maine, donde vivía. Ella, bióloga, trabajaba en la Administración de Pesca y Vida Salvaje, y empieza a recopilar información acerca de la contaminación por pesticidas y a volcarse por completo en ello, dejando de lado su faceta de divulgadora. Pasa a ser una defensora absoluta de la tierra. Se llama Primavera silenciosa porque los huevos de las puestas de las aves adelgazan  y se perdían, y decía que íbamos hacia una primavera sin pájaros. Gracias a su obra y a toda su defensa, a pesar de que la industria química fue contra ella, el DDT se prohibió. Muchas veces pienso que a lo mejor el cáncer que hizo que muriera dos años después de publicar su libro, fue agravado por la enorme lucha a la que tuvo que enfrentarse. Muchos científicos y la industria química fueron contra ella. Y a pesar de todo, ella siguió luchando y defendiendo con valentía la defensa y conservación. 

¿Y cómo vives ahora la escritura inmersa en esta reivindicación por la defensa del territorio en tu tierra? 

¿Sabes que me pasa ahora? No soy capaz de escribir. Creo que la naturaleza me exige casi un estado de ánimo, una felicidad, aislamiento. Necesito esa soledad, ese aislamiento singular que también hace que haya rincones en el mundo únicos en biodiversidad. En este momento de mi vida, yo no puedo estar así. Estoy completamente volcada en la defensa de este territorio que quieren convertir en suelo industrial. No he podido escribir una sola línea desde que empecé con esta lucha de los Montes de Gato. Me exige una total entrega, y siento que  no puedo entregar nada bello a la escritura. Siento que hasta que no pase todo esto, esas frases que vienen, que parecen dictadas desde una nube, no van a aparecer.

Has usado la palabra usurpación. Parece que el medio rural es la despensa de lo que necesitamos o el vertedero de lo que no queremos. ¿Cómo vives la proliferación de estos megaproyectos en este tipo de parajes?

La vivo con una angustia y una impotencia tremenda. He escrito un artículo para el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, y la palabra que uso es auxilio, un SOS. No son conscientes de que esto es un despropósito, porque se está haciendo sin ninguna ordenación. De hecho, la Unión Europea empieza ahora a ser un poco más consciente con las estrategias para la  biodiversidad y de la granja a la mesa. El principal problema que vamos a tener muy a corto plazo es el abastecimiento de alimentos y de agua de calidad. Estos montes, que para algunos parece que no sirven para nada, todas las personas que trabajan aquí, cultivando la tierra… necesitamos que haya un consumo cercano de productos de primera necesidad. Aquí tenemos por ejemplo, brañas, que filtran toda el agua que luego bebemos. Si aquí se cambian los cauces y se contamina con aceite industrial, ¿qué pasará con la calidad del agua? No sólo será perjudicial para la naturaleza y la fauna, también lo será para todos nosotros. Parece que a nadie le importa el cambio climático, solo el negocio. En este territorio con tanto valor patrimonial, natural y cultural, es un disparate absoluto. Espero que no se lleve a cabo el proyecto, sería transgredir muchas leyes que protegen el territorio, ojalá lo respete. Me mencionas que parece que repetimos la historia de los pantanos… la cosa es que han pasado muchos años y afortunadamente ahora tenemos muchas directivas de protección del medio ambiente. Incluso la ley de cambio climático que acaba de salir, ya dice que no podemos ir hacia una regresión en la naturaleza. Hay un principio de no-regresión. Claro que se hicieron muchos embalses, muchas barbaridades que se intentaron arreglar, como las escalas para que los salmones hicieran su camino. Pero en esos años la naturaleza no tenía la protección que tiene hoy. Sabemos que la naturaleza es absolutamente necesaria para nuestra supervivencia.

Escribes “tan importante es conservar las palabras como preservar la naturaleza que nombran. Este es un diccionario científico realizado desde la literatura, de tal manera que se podrá leer como un poema y a la vez como algo cierto y fiable. Así presentas tus libros, esos Diccionarios de palabras hermosas y curiosas de la naturaleza.  Para ti, ¿nombrar para conocer, para cuidar, para conocer?

Nombrar es ver. Si tú sabes nombrar, verás más.  Porque aprendes a mirar, incluso aunque no sepas el nombre, puedes darle un nombre nuevo que inventes. Las palabras nos ayudan a ver. Cuantas más palabras conoces de la naturaleza, mejor la ves, y más la aprecias. Cuando nombramos, estamos amando aquello que le damos nombre. También le damos nuestra humanidad a las cosas que nombramos. Llevamos algo dentro que es muy misterioso, pienso que no hay ningún animal que escriba aparte de nosotros. Por eso les damos más que un nombre. Les damos nuestra sabiduría como seres humanos. Pienso lo mismo con la pintura y con la música. Tan importante como nombrar, es no perder sus palabras, es como perder la propia naturaleza. Es una extinción. Se crea un puente colgante entre las palabras y nosotros, como un hilo invisible que nos une a lo que nombramos. Si perdemos esas palabras, estamos perdiendo esa conexión. Yo antes hablaba de camino y tú me has respondido con vereda, y ahora pienso en la palabra trocha. Si las perdemos, también olvidaremos ese sentimiento de conexión con la tierra. ¿Por qué nos gustan tanto los libros de Miguel Delibes? Pues porque creo que están llenos de esas palabras verdaderas que él escuchó de personas del campo y que luego les siguió dando vida en sus libros. Muchas, no sabemos qué quieren decir, pero nos suenan a tierra, a campo, a verdad, a aire, a pájaro. Nos atraen como un relato en sí. 

Nombrar como el primer paso para establecer un vínculo…con un pájaro, con un árbol, con el mismo territorio. Escuchándote me viene esa imagen de tender la mano, y palabras como empatía, ese sentimiento de formar parte, de cuidar, de proteger, de pertenecer pero no de ser dueños.

Sí, no nos pertenece pero notamos que es algo nuestro. Como ese ramo de amapolas que ansiamos pero que no podemos hacer. Pero cuando ves el campo lleno de amapolas, es, en cierta forma, tuyo. Es algo que está dentro de ti, y lo sientes tuyo desde niña, tuyo para siempre. Y si lo arrancas y quieres poseerlo, lo estropeas. Pienso en esos nidos y en esa expresión que se usa cuando se molestan y se tocan: “estás aburriendo el nido”. Los padres lo aborrecen o lo aburren, y es lo que ocurre cuando uno se acerca demasiado al nido, a la naturaleza. Pienso en la naturaleza como en un amor de lejos, en un amor platónico. 

Contigo descubrimos la palabra seroja. Uno de los significados que describes en tu libro: es lo que el árbol entrega al suelo  y a sus habitantes. Y en cierta forma, Mónica, yo te veo como una seroja en tus redes. Eres una persona muy generosa, durante mucho tiempo has compartido palabras de la naturaleza prácticamente todos los días. ¿Por qué decidiste abrir el proyecto de esta manera?

Pues creo que lo he hecho como haces todas las cosas importantes en la vida: sin pensarlas, de pronto, suceden. Un día, pensé que debía de empezar a apuntar las palabras que me gustaban y de ahí surgió el diccionario. Gracias a la Fundación Aquae que me apoyó muchísimo, pude hacerlo de manera más profesional. En las redes, el día que no comparto una palabra, me parece un día perdido. Es algo que lanzo al mundo y que me gusta hacerlo. Las palabras vienen cuando estoy en la naturaleza, no las busco en los libros o a propósito. Mira, por ejemplo, estoy mirando el mar y veo que brilla el agua y pienso: ¿tendrá algún nombre ese brillo del agua? Y al final encuentro la palabra tremelucir : temblar una luz sobre el agua. Y todo es así. A veces las puedo encontrar leyendo, pero la mayoría las encuentro en la naturaleza, haciéndome preguntas. Como tremolina que es ese viento bullicioso Muchas palabras surgen de la observación, del desconocimiento, de la curiosidad. Espero retomar pronto un libro que estoy preparando acerca de los colores de la naturaleza. ¿Sabes la cantidad de tonos de verde diferentes que hay y que todos tienen un nombre? Verdegay, el primer verde de la primavera, un verde claro. Existe el verdemontaña, fíjate qué palabra tan preciosa. Y quería contarte acerca del color que sale en tu libro de almáciga, almagre: es el rojo que se usaba en las pinturas rupestres, como en la cueva de Altamira, ese rojo de arcilla.

Sigues siendo, de cierto modo, una niña. No tienes miedo a preguntar, no dejas de sorprenderte, sigues queriendo saber.

Estamos rodeados de cosas maravillosas que suceden todos los días. Soy una afortunada porque vivo en el campo, pero en la ciudad también podemos observarlas. Cuando pasaba temporadas en la ciudad, siempre andaba pendiente del vuelo de las gaviotas y de los aligustres en flor, que su olor  me recordaban al velo de una novia. Para mí la observación y la curiosidad es como el cuarto de jugar. Esa parte de niña no la he perdido. Mi cuarto de jugar es la naturaleza que nos rodea, en cualquier lugar hay belleza, y solo hay que estar ahí dispuestos a verla, a encontrarla. 

También recoges palabras que no aparecen en el DRAE, incluso desde tus redes has propuesto la inclusión de alguna, como maresía

Sí que aparece en el diccionario de las Islas Canarias. Y he pedido que la incluyan. Porque maresía es el olor a mar, algas y humedad cargada del salitre de la bruma. Todos conocemos esa sensación a ese olor. Es una de las palabras que más se ha visto en el diccionario. Otra muy vista es el rayo dormido, también se dice el rayo durmiente, el rayo latente. Son aquellos rayos que provocan los incendios. El rayo cae sobre un árbol, se queda ahí “dormido” uno o dos días, y cuando ya se ha secado el agua de la tormenta, combustiona y se produce el incendio. Deja una cicatriz como en espiral y por ahí es cómo reconocen que ahí un rayo dormido y pueden prevenir el incendio. Hay sierras, como la de Ayora, en la que el 99 por ciento de los incendios se producen por rayos dormidos que luego se despiertan y provocan el incendio. 

Escribes: “el silencio es el lugar donde nacen las palabras”. ¿Qué palabra podría servirnos en estos tiempos que nos atraviesan de inmediatez e incertidumbre?

Pienso en la palabra columbrar: “Vislumbrar a lo lejos. También sinónimo de entrever, conjeturar, divisar imaginando lo que se mira. A los ojos, se les llamó columbres”.

¿Cómo te sientes respecto al último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC)? ¿Cómo convives con ello? ¿Te viene alguna de tus palabras que podrían ayudarnos a crear nuevos vínculos y vecindarios? 

La emergencia hoy es doble, de un lado la emergencia climática y de otra, más inmediata, la emergencia de la Biodiversidad, al estar asistiendo en tiempo real a la usurpación del Territorio de la Naturaleza y de los usos tradicionales del campo para convertirlos en suelo industrial. Como toda emergencia, la climática hay que abordarla sin demora pero sin precipitación ya que toda emergencia resuelta precipitadamente suele terminar en catástrofe, en este caso en catástrofe ambiental. En concreto, la implantación de renovables debería contar con las personas que habitan los territorios donde se quieren implantar y mantener un riguroso respeto hacia la Biodiversidad, el Paisaje y el Patrimonio Cultural. No debería instalarse ni un sólo aerogenerador que hiciera ruido o tuviera aspas sobre la tierra o el mar ya que el aire es el territorio de las aves, y el silencio del campo es el bienestar de todas las especies que lo habitan. No podemos pasar de la primavera silenciosa de Rachel Carson, a la primavera ruidosa de los campos convertidos en polígonos industriales, y a la tristeza de las aves marinas y migratorias hechas trizas sobre las olas.

En la web de Mónica, podemos descubrir muchísimas palabras de su diccionario de la naturaleza. Ella, nos regala algunas que salen en sus libros para esta Almáciga:

  • Acirate: loma que separa los cultivos donde sobreviven las plantas silvestres
  • Álula: pluma o grupo de pequeñas plumas que sustenta a las aves cuando reducen la velocidad para que no entren en pérdida. El álula es un grupo de plumas que parecen ramitas. Sirven a las aves para detenerse en los brazos del viento y no caerse bruscamente por un barranco. Es lo que nos gustaría tener para que la vida fuera más despacio. 
  • Baraño: estela de hierba recién segada.
  • Cándalo: rama que se desprende de su árbol con un chasquido.
  • Estridular: se dice de los grillos: chirriar frotando los élitros o las alas haciendo un sonido que recuerda a una voz aunque no la tengan. A este cantar de los grillos también se le llama grillar. 
  • Ruderal: se dice de las plantas que nos acompañan por los caminos, las vías del tren, la ciudad o los cultivos.
  • Chilrío: se dice del canto de algunas aves, como el mirlo, el vencejo y la alondra.
  • Matacaná: bosque silvestre que forma una isla entre cultivos o pastizales y que nace de forma espontánea de las semillas y el agua caída del cielo. 
  • Trisar: cantar la golondrina.

Y también podemos escuchar en la voz de Mónica las siguientes palabras y sus significados:

Maresía

Columbrar

Encamada

Si conocéis más historias y significados sobre estas palabras, o queréis compartir nuevas para alimentar esta almáciga, podéis hacerlo aquí.

Esta é unha chendita: redescubrir y resignificar el nombre.

Fotografía del archivo de Estela Gómez.

Estela Gómez me cuenta que lleva como nombre, un sustantivo y como apellido, uno muy común. Que ella hubiera preferido llevar como apellido Joga, como su madre y su abuela, de las que aprendió todas esas cosas que necesitan ser aprendidas, como que las manos cuidan y que también escriben. Quiso compartir conmigo la palabra chendita, una palabra que lleva en sus manos bordada. Ella, chendita, heredera de esta particular forma de llamar a su familia en su aldea, nos habla de vínculos, de redescubrimientos y de lo que significa ser para su familia la luz de un nuevo futuro de libertad, esa que aquellos que trabajaron tanto y desearon tan fuerte para los que venían después. Como escribe Estela, un futuro que solo podía ser bueno por todos los chendos y chendas que prepararon la vereda por la que ella hoy camina, creciendo y dando vida a esos nombres nuevos que vienen de las cosas más antiguas.

¿Qué significa para ti la palabra chendita? ¿Qué despierta? ¿Cómo ha sido tu relación con ella? ¿Ha habido alguna especie de redescubrimiento o de nueva forma de relacionarse con ella?

No recuerdo cuándo fue la primera vez que me llamaron «chendita» porque desde bien pequeña pasé muchos veranos en mi aldea y no todos se me quedaron grabados, ya me gustaría. Sí sé que mi madre era «chenda» porque «chendo» fue su padre, y también el padre de mi abuelo, y así hacia atrás en la línea de las generaciones y ni siquiera en mi familia sabemos cuándo empezó eso de los chendos y las chendas ni cómo fue exactamente. A mí no me quedaba otra que ser «chendita», claro, tradición familiar, supongo, y cuando llegaba al pueblo entendía que me había tocado que me llamasen así y no había vuelta de hoja. Lo entendía aunque a veces no entendiese bien todas las palabras de aquel galego de eses infinitas tan cerrado y tan bravo que salía por las bocas de mujeres de manos llenas de bosta de vaca, galego ancestral que no enseñaban en el colegio y que a mí me parecía algo mágico e incomprensible porque venía de otro mundo que no era el mío: mi mundo el de la ciudad gris e industrial toda ella que quedaba tan lejos de aquellos caminos y de aquellas casas de piedra con cuadra en la planta baja. Yo no entendía aquel galego del todo, pero sí entendía que iba por mí eso de «esta é unha chendita» o aquello de «por aí vén a chendita». Lo entendía y me daba una rabia que no veas, me lo tomaba a burla y pensaba que se metían conmigo. Claro que por aquel entonces no sabía que «chenda/o» empezó como un apodo familiar y acabó sustantivándose, que era una cosa buena, un apodo cariñoso, un mote, una medalla incluso. 

¿Dónde pasó esto de los chendos y las chendas? En mi aldea, Boado, un pueblo pequeñito que en el mapa se marca en Xinzo de Limia, Ourense. «Boado» palabra céltica ‘bed’/‘bud’, que significaba «agua parada, charca, fuente», que significa para mí «río». En Boado hay muchas fuentes, más de veinte en algún momento, dicen, también un río lleno de sanguijuelas, y yo supongo que Boado significará todo eso del agua porque o te empapas, o vas a la fuente, o te bañas en el río o te mueres de calor en los mediodías de agosto, pero esto ya es cosa mía. 

Lo de «chendita» lo odiaba y por eso mismo lo borré y a mi mente no volvió más. No volvió más nunca en muchos años hasta que en una comida familiar hace unos meses le pregunté a mi abuelo, Perfecto, por algunas palabras y tradiciones del pueblo, y entonces de repente en mi cabeza todo el lío de las chendas y los chendos. En la sobremesa no sacamos conclusiones y no supimos afirmar de dónde viene «chendita», pues, como a muchas otras cosas en Galicia, a las palabras a veces también las envuelve el misterio. Creemos que el primer «chendo» fue el abuelo de mi abuelo y que ese nombre empezó como un apodo familiar que los del pueblo colindante, Pidre, le pusieron porque era un buen hombre. A mí me entró toda la intriga del mundo por saber de dónde viene la palabreja en cuestión y busqué como loca etimologías y orígenes. Lo único que saqué en limpio es que en Cuenca, Ecuador, «chendo» significa «mentira». ¿Es probable que la palabra viniese de los galegos emigrados que volvían, indianos y triunfantes algunos y otros pobres como ratas pero con un traje nuevo bien vistoso, al pueblo? Sí, es probable. ¿Es probable que la retranca galega le diese media vuelta a esto de la mentira y la convirtiese en verdad, en algo bueno, en un apodo para la buena gente? No lo sé, pero me gustaría pensar que sí. Si alguien sabe la verdad en esta mentira que se cuenta de boca a boca en un morreo infinito, de generación en generación en un cuento que cada vez es más largo, que me la cuente. Soy todo oídos.

Antes lo de «chendita» a mí nada de gracia; ahora todo nostalgia, todo amor, todo pum-pum y el pecho como loco. «Chendita» para mí es redescubrimiento, es tirar de las raíces y sacarlas de la tierra para ver sus formas, es comprender el por qué de que cada vez que aparecía yo por el pueblo se abriesen todas las despensas y de ellas me sacasen solo para mí chorizos, y pan, y jamón, y alguna Fanta en botella de cristal; y me freían patatas y las metían también en el horno y me llamaban «chendita» porque querían tenerme contenta, porque yo era el progreso entonces, un futuro del mismo color blanco que debe tener la libertad por dentro: un futuro que solo podía ser bueno, bueno como los chendos y las chendas que vinieron antes de mí y me desbrozaron el camino.

¿Por qué es importante para ti nombrar, usar o poner en valor esta palabra?

Es importante usarla hasta gastarla para que no se pierda. Ahora mismo mi hermano, Samu, y yo somos los últimos chenditos. No sé si habrá más chendos o no, eso lo dirá el tiempo, pero nosotros tenemos la responsabilidad de que la palabra no se pierda; la palabra que más que una palabra es una tradición entera. No me gustaría que una palabra tan linda, tan irónica, tan salvaje cayese en el olvido. Si queréis ayudarme, os la presto y que viva en la boca de todos y salte por ahí como loca.

¿La usas fuera de tu aldea? 

Lo cierto es que hace poco que esta palabra ha vuelto a mi imaginario y estoy reconciliándome con ella. No ha hecho falta mucho, porque desde que la recordé ya somos muy amigas. No dudaré en usarla a partir de ahora; no dudaré en usar esta palabra grandísima y muchas otras que dicen mucho más de mí que esas palabras tan tiesas y tan pequeñas que me enseñaron los libros de texto. 

Fotografía de archivo de Estela Gómez.

Estela Gómez, Vigo, 1992. Estudió Grado en Lengua y Literatura Españolas en la Universidad de Santiago de Compostela y Máster en Edición en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. En la actualidad abre textos en canal, les saca lo de dentro afuera y luego les mete lo de afuera para dentro de vuelta y los deja listos para ir a la verbena con sus vestidos de colores y sus zapatos recién lustrados. Es esta una forma poética de decir que trabaja como correctora literaria en varias editoriales nacionales y también como redactora en revistas locales, como A Movida Vigo o Dot Galicia. Habla sobre libros en la radio en Cíes Podcast y sus textos han sido publicados en medios como Obituario o Madera Berlín. En julio de 2021 formará parte de la primera Residencia Literaria de la Ciudad de la Cultura en Santiago de Compostela.

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El saqueig, un poema de Joan Margarit

El saqueig

D’infant em van voler arrencar la llengua
que l’àvia em parlava
quan tornàvem del camp al final de la tarda.
Com les pedres, les flors, la soledat,
arreu ens acompanyen les paraules.
Mutilades i tot,
han acabat dient el que havien de dir.
Encara deu haver-hi, entre esbarzers,
aquella é tancada de Lleida que vaig perdre.
Haver salvat la llengua m’ha deixat
a mercè d’una gent que era la meva.

*

El saqueo 

De niño intentaron arrancarme la lengua / que mi abuela me hablaba / al regresar del campo mientras atardecía. / Como la soledad, las flores y las piedras, / las palabras / nos acompañan siempre a todas partes. / Incluso mutiladas, / terminan por decir lo que debían. / Entre zarzales debe andar aún / aquella É cerrada de Lleida que perdí. / Salvar la lengua me ha dejado / a merced de una gente que es la mía.

*Poema del libro Amar es dónde. (Visor, 2015)

**Foto de archivo personal.

Jordi Pere Cerdà y la palabra recossirar: una atención al territorio y a todos los que habitan

dibujo de Jordi Pere Cerdà, pseudónimo de Antoni Cayrol, poeta, dramaturgo y escritor.

Es curioso cómo las palabras pueden abrirnos nuevas veredas, cómo pueden traernos de repente otras narrativas en las que cobijarse, otros nombres fuera de esos propios y conocidos árboles genealógicos de escritores y referentes, hechos poco a poco, libro a libro, con calma y vínculos en común. A raíz de la anterior publicación, donde compartía cosirar, una de mis palabras favoritas que sale en el libro de Almáciga, se puso en contacto conmigo por redes sociales Josep Marqués, para descubrirme la palabra recossirar y a un escritor, poeta y dramaturgo que hasta hace unos días, tristemente no conocía: Jordi Pere Cerdà, pseudónimo de Antoni Cayrol, un autor de la parte francesa de la Cerdaña. En sus obras hay multitud de vínculos con los márgenes, la lengua, el medio rural y sus habitantes.

Googleo su nombre y miro sus fotografías y sus dibujos. Leo algunos poemas suyos en catalán. Me emociono descubriendo esta nueva ventana que me abre Josep, pero a la vez siento tristeza, también un poco de rabia. Qué pena llegar tan tarde. Apenas encuentro noticias en castellano sobre él, y subrayo estas palabras de Xavier Theros en El País a modo de necrológica tres días después de su muerte.

“La poesía de Jordi Pere Cerdà toma como tema principal los problemas sociales y lingüísticos de su tierra natal. Sus paisajes son los de la montaña pirenaica, los del Rossellò y la Alta Cerdanya, elaborados como representaciones de un estado de ánimo. Sus personajes son los aldeanos y la gente del campo con la que convivió hasta los 40 años, cuya voz recogió en su narrativa con un idioma llano y plagado de localismos. Una poética construida de naturaleza y de conflictos soterrados.”

Jordi Pere Cerdà en el huerto de la familia.

La vida cotidiana de sus montañas, la memoria, la lucha, el exilio, los saberes y relaciones del campesinado, la lengua, la frontera… todos estos caminos surgen ahora gracias al texto que me manda Josep Marqués alrededor de la palabra recossirar y la obra y vida de Jordi Pere Cerdà. A continuación, os comparto el texto Recossirar de Josep Marqués en castellano y en catalán. Josep es profesor de lengua y cultura francesas en la Universidad de Zaragoza. A medio camino entre el francés y el catalán, ha dado clases e investigado en la Université de Picardie Jules Verne (Amiens), la Universitat de Perpinyà y la Universitat Jaume I (Castelló de la Plana). Su investigación está relacionada con los estudios literarios y culturales, especialmente con la geocrítica aplicada al espacio francófono y a la literatura catalana contemporánea.

Postal de la vila de Sallagosa. Se puede apreciar El ‘Café Planes’, lugar que frecuentaba Jordi Pere Cerdà.

Recossirar

La palabra ‘recossirar’ tiene varios significados, como se puede comprobar en el Diccionari català-valencià-balear (https://dcvb.iec.cat/), un diccionario que, a pesar de no ser normativo, recoge todos los significados de esta palabra, así como de otras muchas palabras genuinas de cada parte del territorio de la lengua catalana.

La palabra ‘recossirar’ llegó a mí estudiando la obra literaria de Jordi Pere Cerdà (1920 – 2011), cuando a finales de 2015 empecé a preparar la tesis doctoral sobre este autor de Sallagosa, municipio pirenaico situado en la Alta Cerdaña (la parte francesa de la comarca).

Pero la aproximación a la palabra no fue solo escrita sino sobre todo oralizada y teatralizada. Contratado como doctorando en la Universitat de Perpinyà, en aquel momento vivía en la Cataluña del Norte, cosa que me permitió adentrarme en uno de los hábitats naturales de la palabra. Un día una amiga me comentó que buscaban personas para jugar una pieza teatral de Jordi Pere Cerdà, el autor que yo trataba en la tesis. Pensé que la experiencia de actuar sería una manera mucho más integral y vivencial de introducirme en el análisis de la obra teatral, y así fue. Se trataba de la obra El dia neix per a tothom, y estuvimos preparándola y actuando en Cataluña del Norte y el País Valenciano durante varios meses, en los que no paré de sentir la palabra ‘recossirar’ en boca de los personajes que interpretaban mis compañeros. Es así como desde entonces se me quedó grabada, pero sin haberme dado cuenta hasta hace muy poco, justo cuando oí que María Sánchez, en su Almáciga, se refería a su prima hermana ‘cosirar’ (que aparece en catalán como ‘consirar’ o ‘considerar’).

Inspirada en el teatro de situación de Jean-Paul Sartre, la obra se sitúa en agosto de 1943 (durante la 2ª Guerra Mundial), en una pastoral Alta Cerdaña donde la vida se escurre bajo la ocupación nazi del territorio francés. Los quehaceres diarios afligen al personaje de Baldiri (viejo campesino cerdano) por la ausencia de su hijo, hecho prisionero por los alemanes. Sus sombras y esperanzas se entrecruzan con las del personaje de Peret, refugiado republicano español, que llega a la Cerdaña francesa tratando de dejar atrás una vida llena de vejaciones y penurias, entre las cuales se encuentra la muerte de su mujer, sindicalista comprometida contra el golpe militar de Franco. Pero la memoria de lucha y exilio se empeña en perseguirle al otro lado de la frontera, cuando su hija Raquel y su hijo Frederic se sienten llamados a cooperar clandestinamente con el maquis organizado contra el ocupante nazi.

En este cruce histórico de destinos situado en la rural y transfronteriza Cerdaña, surge la respuesta comprometida de unas personas que se encuentran en una situación límite, obligadas a resistir contra el ocupante para poder sobrevivir y continuar adelante. El mismo Jordi Pere Cerdà, pseudónimo de Antoni Cayrol, hizo de pasador clandestino a través de la frontera cerdana de numerosas personas anónimas que escapaban del terror nazi. Tal y como hizo la población ante la represión, Cerdà dio voz a personajes como el de Baldiri, ese pastor que ‘recossirava’ a una de sus vacas porque se había perdido, es decir, iba a buscarla, a verla, para ver cómo estaba. Desde los márgenes, y a pesar de todas las dificultades, consiguieron labrarse entre todos una vida posible, y una vida mejor.

Esta atención a los otros pide, pues, una atención a nuestro territorio, no solo a las personas sino a todos los agentes que participan y viven en él. Y entre éstos, los animales y los vegetales ocupan un lugar destacado en la atención literaria prestada por un autor, Jordi Pere Cerdà, que supo retratar las dificultades de su comarca pirenaica y rural en un contexto de control, cierre, pobreza y opresión extremas de los habitantes, donde practicar o incluso imaginar un tipo de vida diferente al estipulado era casi una quimera (como también se retrata en una de sus obras más destacadas, Quatre dones i el sol).

Mi experiencia con la palabra ‘recossirar’ me implica, pues, en una experiencia personal vivida a través de la lectura y la ficción teatrales que nos permitió esparcir las semillas de una palabra norcatalana en desuso; y, con ella, me liga a la memoria de los habitantes de un territorio que supo resistir ante la dureza de su pasado reciente.

Recossirar:

‘Reconocer, mirar atentamente una cosa para comprobar su estado’.

‘Rebuscar, procurar ahincadamente encontrar a alguien o algo’.

‘Darse cuenta que una persona o cosa no está; echarla de menos’.

‘Recordarse, tener conciencia de una cosa, pensar en ello’.

Estos cuatro significados que aparecen en el diccionario sobre ‘recossirar’ sintetizan bien la experiencia literaria y vital que nos ha legado Jordi Pere Cerdà. Una palabra que, en formato y en espíritu, es vecina de enfrente de la aragonesa (y también del occitano antiguo) ‘cos(s)irar’.

(Re)cosirémonos nosotros también, pues.

*todas las imágenes pertenecen al archivo familiar de la familia Cayrol.

*También de interés, este perfil de Jordi Pere Cerdà escrito por Josep Marquès en La Directa.

***

La paraula ‘recossirar’ té diversos significats, com es pot comprovar al Diccionari català-valencià-balear(https://dcvb.iec.cat/), un diccionari que, tot i no ser normatiu, recull tots els significats d’aquesta paraula, així com de moltes altres de genuïnes de cada part del territori de la llengua catalana.

La paraula ‘recossirar’ va arribar a mi estudiant l’obra literària de Jordi Pere Cerdà (1920 – 2011), quan a finals de 2015 vaig començar a preparar la tesi doctoral sobre aquest autor de Sallagosa, municipi pirinenc situat a l’Alta Cerdanya (part francesa de la comarca).

Però l’aproximació a la paraula no va ser només escrita sinó sobretot oralitzada i teatralitzada. Contractat com a doctorand a la Universitat Perpinyà, en aquell moment vivia a la Catalunya del Nord, cosa que em va permetre endinsar-me en un dels hàbitats naturals d’aquest mot. Un dia una amiga em va comentar que buscaven persones per jugar una peça de teatre de Jordi Pere Cerdà, l’autor que jo tractava a la tesi. Vaig pensar que l’experiència d’actuar seria una manera molt més integral i vivencial d’introduir-me en l’anàlisi de l’obra teatral, i així va ser. Es tractava de l’obra El dia neix per a tothom, i vam estar preparant-la i actuant a Catalunya del Nord i el País Valencià durant diversos mesos, en els quals no vaig parar de sentir la paraula ‘recossirar’ en boca dels personatges que interpretaven els meus companys. És així com des de llavors se’m quedà gravada, però sense haver-me’n adonat fins fa ben poc, just quan vaig sentir que María Sánchez es referia, en la seua Almáciga, a una cosina germana seua, ‘cosirar’ (que apareix en català com a ‘consirar’ o ‘considerar’).

Inspirada en el teatre de situació de Jean-Paul Sartre, l’obra se situa a l’agost de 1943 (durant la 2a Guerra Mundial), en una pastoral Alta Cerdanya on la vida s’escola sota l’ocupació nazi del territori francès. Els quefers diaris afligeixen el personatge de Baldiri (vell pagès cerdà) per l’absència del seu fill, fet presoner pels alemanys. Les seues ombres i esperances s’entrecreuen amb les del personatge de Peret, refugiat republicà espanyol, que arriba a la Cerdanya francesa tractant de deixar enrere una vida plena de vexacions i penúries, entre les quals es compta la mort de la seua dona, sindicalista compromesa contra el colp militar de Franco. Però la memòria de lluita i exili s’entesta a perseguir-lo a l’altre costat de la frontera, quan la seua filla Raquel i el seu fill Frederic se senten cridats a cooperar clandestinament amb el maquis organitzat contra l’ocupant nazi.

En aquesta cruïlla històrica de destins situada a la rural i transfronterera Cerdanya, sorgeix la resposta compromesa d’unes persones que es troben en una situació límit, obligades a resistir contra l’ocupant per a poder sobreviure i continuar endavant. El mateix Jordi Pere Cerdà, pseudònim d’Antoni Cayrol, va fer de passador clandestí a través de la frontera cerdana de nombroses persones anònimes que escapaven del terror nazi. Tal com féu la població davant la repressió, Cerdà donà veu a personatges com el de Baldiri, aqueix pastor que recossirava una de les seues vaques perquè s’havia perdut, és a dir, anava a cercar-la, a trobar-la, per a veure com estava. Des dels marges, i malgrat totes les dificultats, van aconseguir llaurar-se entre tots una vida possible, i una vida millor.

Aquesta atenció als altres demana, doncs, una atenció al nostre territori, no només a les persones sinó a tots els agents que hi participen i hi viuen. I entre aquests, els éssers animals i vegetals ocupen una plaça destacada en l’atenció literària prestada per un autor, Jordi Pere Cerdà, que sabé retratar les dificultats de la seua comarca pirinenca i rural en un context de control, tancament, pobresa i opressió extremes dels habitants, on practicar o fins i tot imaginar un tipus de vida diferent a l’estipulat era gairebé una quimera (com també es retrata en una de les seues obres més destacades, Quatre dones i el sol).

La meua experiència amb la paraula ‘recossirar’ m’implica, doncs, en una experiència personal viscuda a través de la lectura i la ficció teatrals que ens permeté escampar les llavors d’aquesta paraula nord-catalana en desús; i, amb ella, em lliga a la memòria dels habitants d’un territori que sabé resistir davant la duresa del seu passat recent.

‘Reconèixer, mirar atentament una cosa per comprovar el seu estat’.

‘Recercar, procurar insistentment trobar algú o alguna cosa’.

‘Adonar-se que una persona o cosa no hi és; trobar-la a mancar’.

‘Recordar-se, tenir consciència d’una cosa, pensar-hi’.

Aquests quatre significats que apareixen al diccionari sobre ‘recossirar’ sintetitzen bé l’experiència literària i vital que ens ha llegat Jordi Pere Cerdà. Una paraula que, en format i en esperit, és veïna d’enfront de l’aragonesa (i també de l’occità antic) ‘cos(s)irar’.

(Re)cossirem-nos nosaltres també, doncs.

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Si conocéis más historias y significados sobre esta expresión, o queréis compartir nuevas para alimentar esta almáciga, podéis hacerlo aquí.

#hablarural: palabras para celebrar nuestros pueblos

“Creo más que nunca que es en nuestros medios rurales, nuestros márgenes y orillas, donde sucede la vida y donde habita muchísima gente que hace posibles otras maneras de formar parte del territorio, mediante sistemas que no se pueden separar de palabras y hechos como local y sostenible. Creo en una tierra diversa y llena, creo en multitud de formas de vida de las que tenemos muchísimo que aprender, como esos wombats que, tras los incendios que arrasaron Australia, comparten sus madrigueras con animales de otras especies, convertidos todos en refugiados de la crisis climática, sin distinción de nombre, origen o familia. Por eso quizás sea interesante aferrarse a un nuevo idioma, a una lengua común que nos hermane, que cosire y nos dé aliento para seguir. Pero, como escribió la gran Audre Lorde en La hermana, la extranjera: «Las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo», y es aquí donde creo en nuestras palabras. En esas que ya apenas se oyen ni se ponen en práctica, en aquellas que no se dicen por vergüenza del acento o la procedencia, en todas las que nos dan de forma única otro modo de habitar el territorio. Así, con esta almáciga y con todas las que vengan, diferentes del linaje y la lengua del amo, podremos comenzar a construir una nueva casa común”

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Con esta imagen y este fragmento del libro de Almáciga, me sumaba el pasado 16 de noviembre a la campaña  #hablarural de Greenpeace, compartiendo un trocito de Almáciga al hilo de una de mis palabras favoritas que vive en el libro: cosirar, una palabra del aragonés, que me regaló Miguel Cordero en su aldea de Ascaso, en el pirineo aragonés, donde todos los años celebra la muestra de cine Ascaso, la muestra de cine más pequeña del mundo. Cosirar significa ir a dar una vuelta para comprobar si las personas, los animales o el huerto están bien o necesitan ayudas o cuidados. Implica algo más que mirar, vigilar o revisar. Es estar pendiente de todo lo que nos rodea.

Desde la publicación, invitaba a la gente que compartiera sus palabras favoritas de nuestros medios rurales. Aquí os dejo una primera selección de las palabras y las personas que las compartieron por instagram y por el buzón de la web que se suman a este semillero. Pronto, más palabras.

A mazuela: “es la forma de ponerse los alpargates sin ajustarlos en el talón, pisando la parte trasera del calzado. O sea, es más rápido ponértelos así pero se te pueden salir. Aquí, en Villarrobledo, Albacete, los mayores lo dicen así, por lo menos mis abuelos lo decían, y yo mismo” Palabra de Juan Diego Ruiz Romero.

A plaeret: del dialecto pallarès. Significa poco a poco. Palabra de Vanesa Freixa.

Casquera: palabra que se usa en Albacete para hacer referencia a cuando hablas en confianza con alguien: “ ayer estuvimos un rato de casquera en el parque”. Palabra de María Solano.

Zarrakamalda: del euskera, es una especie de machete con mango largo para desbrozar.

Tarratoluba: del euskera, berbiquí o taladro de mano. Palabras de Olatz Ove.

Espinyar: del catalán. Se llama así a la acción para romper una o muchas piñas para sacar los piñones, después de un proceso de quemarlas ligeramente para que se abran un poco y sea mas fácil sacar los piñones.Palabra de Teresa Jubany.

Charrar: del aragonés. Significa hablar con una persona a gusto. Palabra de de Nélida Sorrosal. Beatriz Navarrete nos cuenta que en asturiano también se usa charra con el mismo significado, y nos comparte las siguientes palabras:

Fesoria: del asturiano. Azada.

Chiscar: del asturiano. Significa salpicar.

Forgaxa: del asturiano. Los trocitos de madera que saltan cuando se corta la leña para hacer estilles/estielles (del asturiano, madera cortada menuda para encender el fuego.

Garuela: sinónimo de horca. Palabra de Raquel López. Beatriz Navarrete nos comparte a raíz de garuela, garguelu, del asturiano, que se usa para referirse al cuello de una persona o animal.

Lleurar: del mallorquín, significa arar la tierra. Palabra de Pilar Llompart.

A ixena/ a zofra: del aragonés. Trabajo en común. Trabajos comunales.

Rapatan: del aragonés. Pastor aprendiz.

Palabras de Miriam Sánchez.

Badaliso: tejido muy desgastado.

Entoñar: enterrar.

Teso: pequeña elevación del terreno.

Colagua: Reguera. Canal pequeño que los labradores abren en las tierras de huertas o jardines por medio de azadas o layas a fin de distribuir el agua por los diferentes cuadros o eras. Palabras de Blanca Alonso Ruiz.

Esgorgollarse: se dice de las gallinas cuando se sacuden la tierra sobre la que se han acostado o revolcado.

Aparpallarse: se dice de las gallinas cuando se agachan, sobre todo poco antes de que comiencen a poner huevos.

Arrosear la gloria/enrojar la gloria en lugar de prender la gloria.

Morceña: las pavesas ya apagadas que sobrevuelan por encima de los hogares de la lumbre o de las hogueras al aire libre.

Ortuñas: las ovejas que se ordeñan.

Palabras de Tierra de Campos, enviadas por Venancio Carranza Delgado.

Escoma: “Se denomina con la palabra “escoma” a la vara que se utiliza como utensilio para alcanzar las frutas que se encuentran en las ramas más altas. Para hacer las escomas se suelen utilizar ramas de “ciruelero” o “almendrero”. Esta palabra es muy común en las zonas rurales de las Islas Canarias, sobre todo en la isla de El Hierro. La palabra escoma siempre ha estado presente en mi entorno familiar. Mi padre, cada vez que recogíamos higos, almendras, mangas, ciruelas… nos daba una de estas varas para que pudiéramos alcanzar las frutas y así ayudar en la recolecta. A día de hoy seguimos empleando este utensilio de manera habitual y nombrándolo de esta manera, gracias al énfasis de nuestras abuelas y padres, que intentan evitar que la palabra caiga en el olvido, como tantas otras propias de los medios rurales”. Palabra y fotografía de Marta Padrón.

Si conocéis más historias y significados sobre estas palabras, o queréis compartir nuevas para alimentar esta almáciga, podéis hacerlo aquí.

Passar la nit pels armaris: manos que buscan en el campo para calmar el hambre en la posguerra.

“Pilar i Dolors: mi madre bañándome en el barreño”

Hija y nieta de campesinos que tuvieron que dejar el pueblo para labrarse “un futuro mejor”, Pilar Sampietro Colom nació en Barcelona. Para ella, la memoria es algo de lo que no se puede desprender. Saber de dónde venimos, cómo vivieron los nuestros, qué podemos transmitir y contar a los que vienen. Gracias a ella descubrimos en Almáciga Passar la nit pels armaris, una expresión poco conocida y curiosa que trae consigo recuerdos, pobreza y hambre. Hablamos con Pilar sobre esta expresión que borra en un segundo la nostalgia y el peligro de caer en la simple certeza de que tiempos pasados siempre fueron mejores.

-¿Qué relación tienes con tu familia, Pilar? ¿De qué lugar sois, a qué os habéis dedicado? ¿Qué significaba tu abuela para ti?

Yo ya nací en Barcelona. Mi madre se trasladó a la gran ciudad, Barcelona huyendo de la miseria en la que vivía en la pequeña localidad de Olot, lugar donde comenzó a resurgir en la postguerra la industria del textil y también cárnica. Mi madre Dolors trabajaba desde los 12 años en la fábrica hilando calcetines, como mi abuela Clara. Vivían en una pobreza extrema, que se agrava después de la muerte por tuberculosis del padre Pep (mi abuelo materno) y el hermano de mi madre (Joan). Mi padre Miquel estaba haciendo el servicio militar en Olot, mi madre lo conoció, se enamoró de él y a partir de ahí nació para ella la posibilidad de acceder a una vida mejor en Barcelona, donde ya vivía mi padre, Miquel. Él también viene de una zona rural, Boltaña, en el pirineo aragonés, y pasó su infancia cuidando cabras como mi abuelo, que era pastor en Nerín, su pueblo.

“Iaia Clara i tieta Maria. Mi abuela ( la más pequeñita) y mi tia junto a mi tatarabuelo Josep. Esta foto creo que es de 1906- 1907”

Mi abuela Clara nació en Santa Pau, un pueblito cercano a Olot en la casa familiar llamada: Ca l’ui (Ca l’Ull sería correctamente en catalán) significa La Casa del ojo, porque las personas que nacimos allí tenemos los ojos muy grandes…(yo esto lo he heredado). La foto que te he mandado con mi bisabuelo se hizo frente a esta casa. Uno de mis antepasados se la jugó a las cartas y ya no nos pertenece, lo que hizo que mi abuela marchara recién casada a buscarse la vida primero con su marido Pep y su hijo mayor Joan a la Colonia Textil de La Mambla d´ Oris (allí nació mi madre).  Y pasada la guerra civil se instalaron definitivamente en Olot. Pero las condiciones laborales de la fábrica eran tan duras y el sueldo tan pequeño que no les llegaba para alimentarse. Por eso entre las familias pobres decían esa frase “Anem a passar la nit pels armaris” (vamos a pasar la noche por los armarios) Buscaban de noche en los campos algo para alimentarse. Clara trabajó en la Fábrica textil hilando calcetines hasta bien mayor, cuando pudo trasladarse a vivir con nosotros al piso de Barcelona.
Mi padre Miguel heredó el negocio de sastre de mi abuelo Miguel “El Buen Paño” (el que era pastor de cabras en Nerín y que se reinventó a sastre al llegar a la ciudad). Mi madre cosía en el taller de mi padre recién casada, y más tarde pudo abrir una tiendecita de ropa en la planta baja de edificio de Barcelona (Ronda Sant Antoni, 20). La cerraron al jubilarse. La sastrería de mi padre fue una de las primeras en acceder el pago a plazo de los trajes para la gente humilde de la ciudad, en concreto tenia muchos clientes que vivian en las barracas de Montjuic, yo recuerdo acompañarlo allí los domingos para cobrar cada semana.

Iaia Clara cosint.

Yo he estado muy unida a mi abuela Clara. Ha sido mi guía,mi madrina, mi madre también porque hemos pasado muchos momentos juntas. Me explicaba cómo abortaba con unas agujas de media en el pequeño lavabo del piso de Olot… y bueno, como familia tenemos una historia bien entretenida la verdad… imagino que como todas. Por ella, mi hija mayor se llama Clara, como yo también. .

-Passar la nit pels armaris: Me escribiste en el formulario que era algo que te contaba tu abuela. ¿Recuerdas la primera vez que te lo contó? ¿Cómo fue? ¿Lo contaba con pena, enfadada? ¿Qué te produce a ti esta expresión? ¿Es conocida en tu tierra o solo la conoces por tu familia?  

Mi abuela Clara siempre me explicó lo mal que lo habían pasado en su vida en Olot. Ella era muy como su nombre…¡una persona muy clara! Decía las cosas como las pensaba. Muy valiente, sobrevivía al fin y al cabo, una obrera luchadora. Me contaba las historias de la familia para que no se olvidaran. Y “passar la nit pels armaris” era una de mis expresiones preferidas. No creo que mucha gente la conozca… todavía no me he topado con nadie que la dijera también. Es una pena que desaparezcan frases así, por eso me animé a compartirla contigo. No lo contaba con pena, ni mucho menos, era una mujer muy fuerte y tenía las cosas muy claras. Yo siento orgullo de mis raíces. Creo que mi vida con mi abuela me ha hecho como soy, una persona muy comprometida socialmente y esos mismo lo he trasladado a mis hijas, Clara y Blanca.. Ellas siguen ahora una deriva feminista que me enorgullece, aprendo de ellas cada día. 

Me gustó mucho leer que se la habías transmitido a tus hijas, para que no se pierda. ¿Por qué crees que es importante que conozcamos esta expresión? ¿Cómo reaccionaron tus hijas cuando la conocieron? ¿Ellas cuentan también la expresión?

Mis hijas, Clara y Blanca, se han formado en el núcleo de una pareja muy humanista, amante de la libertad y de la tierra, de la naturaleza y del respeto. Así que ellas son personas también muy comprometidas. De bien pequeñas han oído hablar de su abuela Clara, de su vida en Olot, de la miseria de posguerra. Clara, mi hija mayor, muy empoderada, es licenciada en Historia del Arte y gran amante de la pastelería de vanguardia. Ha tenido una relación muy intensa con mi madre Dolors, hasta el día que murió, hace pocos años. Mi madre pasó los últimos diez años muy malos, Clara y Blanca me ayudaban en las tareas más duras de limpieza y cuidado… esto las ha hecho fuertes y grandes personas. Blanca, mi hija menor, está estudiando Antropología, es muy feminista y muy comprometida también. Con ella tenemos algunos asuntos de recuperación de la memoria histórica familiar: una prima-hermana de mi madre que apareció hace muy poquito, que se llama igual que mi madre, Dolors. Esta historia es preciosa porque antes de que muriera mi madre se reencontraron las dos Dolors y mi madre le pudo explicar cómo era su madre biológica… muy emotivo. Ahora tenemos una familia más extensa. Otra herida pendiente es mi tío-abuelo Miquel (hermano de Clara y María) que murió en la batalla del Ebro luchando en el bando republicano y aún no lo tenemos localizado. 
Como compruebas mi vida está plagada de Migueles, Claras, Dolors y Blancas.  Y sí, mis hijas cuentan orgullosas esta expresión. De vez en cuando se la vuelvo a refrescar para que no la olviden. 

Iaia Clara arbre.

*fotografías del archivo de Pilar.

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Recochura, almelga y zahareta: tres palabras nuevas que nos trae el fresco a Almáciga.

Ha sido complicado elegir las palabras para seguir alimentando esta almáciga… ¡porque el buzón está lleno de ellas! Muchísimas gracias por vuestros mensajes y por el cobijo que le dais al libro y a este semillero colaborativo. Poco a poco, iré publicando las palabras que me hacéis llegar. He pensado subirlas agrupadas poco a poco, para darles más protagonismo, buscar si las palabras que llegan tienen más significados o historias curiosas y que sea más fácil compartirlas y darle vida a este vivero de palabras.

Recochura

Cuando hace fresco, en el pueblo de Pedro Muñoz, en Castilla la Mancha, se dice que hace recochura, que hay recochura. La palabra, que no aparece en el diccionario de la RAE, la manda Juan Elías Colmenero, que se la dio a a conocer una mujer del pueblo cuando estuvo allí y le gustó tanto que le ha dado nombre al club deportivo de senderismo en Collado Villalba.

Almelga

En el libro de Almáciga, aparece la palabra txola (del euskera), que es como se llama a la acción de sembrar agarrando pequeñas semillas con las manos y lanzándolas a la tierra, esparciéndolas en montoncitos. Daniel Renedo nos manda la palabra Almelga, desde la comarca Odra-Pisuerga de Burgos. Esta palabra castellana, como él me cuenta, significa desperdigar semillas con las manos. La almelga se convierte en una medida de longitud. Los doce metros que se alcanzan con el gesto de desperdigar semillas de cereal a mano. Las semillas van en un saco. Este saco se anuda de una forma especial para poder llevarlo al hombro.La palabra llega a mi a través de mi padre, campesino. He sembrado a mano.

Sin una l, en el diccionario de la RAE sí encontramos amelga:

Amelga, Almelga.

Me gusta mucho seguir estas derivas y transformaciones de nuestras palabras que van mutando también no solo el nombre, sino el significado

Zahareta

Y para terminar, cerca de mi pueblo, desde La Puebla de los infantes, en Sevilla, Hortensia González nos regala una palabra preciosa que tampoco sale en el diccionario de la RAE y que lleva como nombre una calle de su pueblo . Zahareta, lugar salvaje, bravo, donde todo crece al azar.

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No sólo una mujer y una máquina de coser: todo lo que conlleva la palabra aparadora

En la foto, la madre de Inés Alcolea

Habría un hueco gigante.

Un hueco que los hombres no podrían rellenar, ni todos los de la ciudad. Ni los niños, ni los abuelos, ni los que no se han dedicado al trabajo artesanal a lo largo de su vida.

Las máquinas de coser dejarían de cantar, y la provincia entera se pararía, congelada en el tiempo. Nadie sabría qué es lo que pasa, porque no podrían ver nada. Antes las teníamos a nuestro alrededor, pero de repente ya no estarían. Y nada funcionaría.

Así comenzaba Gloria Molero el artículo que escribió en BuzzFeed en julio de 2018 sobre las aparadoras. Había olvidado por completo este texto que me dejó tan marcada el día que lo leí, que tuvo que venir Inés Alcolea a refrescarme la memoria al ser la primera persona que usó el buzón de este semillero colectivo mandándome la palabra aparadora.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, aparadora se refiere a quien apara, cose piezas, y al mueble donde se guarda o contiene lo necesario para el servicio de la mesa. En estas acepciones, no encontramos el trabajo precario e invisibilizado, ni las máquinas de coser ni el cuerpo ni las historias de tantas mujeres que hay tras esta palabra. Hablamos con Inés y Gloria sobre ello.

La palabra aparadora en la sangre

Para Gloria, la palabra aparadora se escucha en las casas ilicitanas prácticamente desde que naces, aunque no vivas con ninguna. En su casa, su familia se ha dedicado al calzado pero no a esta tarea. Su vecina, sus tías y las amigas de sus padres sí aparaban. Es una palabra tan orgánica y natural en los ambientes ilicitanos y de la provincia de Alicante que prácticamente la llevamos en el torrente sanguíneo. Gloria, tiene que salir de la ciudad para darse cuenta de todo lo que hay detrás de esta palabra:  Para mí era una palabra más que no tenía importancia hasta que salí de mi ciudad y vi (vimos) que era necesaria empezar a dársela para reivindicar las condiciones de las trabajadoras del calzado, en especial las de aquellas que están en su casa, invisibles y aisladas con unas condiciones que, hoy en día, solo han empeorado.

Fotografía de Gloria Molero para el libro Aparadoras de Gloria Molero y Beatriz Lara

Decir la palabra aparadora es decir mamá

Para Inés, decir aparadora es decir mamá. Todas las mamás de mis amigas en el colegio eran aparadoras, y, por mucho que lo quisieran ocultar vistiéndose de punta en blanco al buscarnos a la salida del colegio, las delataba las manos llenas de resto de cemen reseco. Mi madre dice que decidió tener un trabajo en casa porque así podía disfrutar de mi hermana y de mí al mismo tiempo que era independiente salarialmente, porque mi madre siempre nos recordaba que no está bien depender nunca de nadie, ni siquiera de un hombre al que quieres mucho. Yo le agradezco que tomase esa decisión de estar en casa porque siempre que volvía del colegio, del instituto y casi de la universidad, ella estaba ahí, en su hueco de aparar, rodeada de sacos con cueros, hilos y hebillas, dándome conversación, preguntándome por mi día, ayudándome a pasar por cada fase de mi adolescencia. Y nunca sin dejar de aparar, ese ruido constante, junto al de la radio, que para mí, suena a mamá.

Mientras les escribo para que me cuenten más acerca de esta palabra y todo lo que conlleva, muchas veces en la sombra, invisible, y sin ser nombrado lo suficiente, no dejo de pensar en una máquina de coser unida al cuerpo de una mujer. La imagino cosida a los dedos, a base de puntadas e hilos de colores, mientras en la casa siguen sucediéndose los cuidados, las tareas domésticas, la vida. Por eso, sentí la necesidad de saber qué era lo primero que se les pasaba por la cabeza al oír la palabra aparadora:

Gloria lo tiene claro, y me habla del cuerpo, de los problemas de espalda, del dolor, de la artritis, de la vista que se desgasta como los dedos se lastiman y se hinchan los tobillos. Un cuerpo tenso que se inclina sobre la máquina, muchas veces sin la luz adecuada, no suficiente para el trabajo a realizar. Pero. No solo todo se reduce al cuerpo, también aparece el sonido de la máquina a un ritmo constante, el olor del ‘cemen’ (el pegamento que se usa en el calzado) y los trocitos de cuero o pieles varias desperdigados por el suelo.

Inés y su hermana al lado de su madre aparando

Inés me responde con una sola sensación, con una sola palabra, pero que trae consigo condiciones laborales precarias, horarios interminables, y un trabajo poco valorado, invisible.

Calor. El calor del cuero de las botas y botines en verano, el sudor resbalando por la espalda de mi madre que se multiplicaba por la uralita bajo la que aparaba. Mi padre le puso un toldo a la uralita para que no pasase tanto calor, pero aun así sudaba. Recuerdo un año en el que mi hermana y yo tuvimos que ayudarla. Yo era más mayor y me levantaba casi a las seis de la mañana con ella para cortar los hilos y los forros, el cemen se pegaba por todas partes y luego hacía daño al lavarlo porque se agarraba a los pelos del brazo. Eran condiciones inhumanas, con un horario que a veces terminaba después de irnos a dormir. La casa olía a cola y mi madre tenía que atravesar el mar de zapatos a medio hacer para cocinar, barrer o mandarnos a hacer recados. Luego venía su jefe con un camión y cargaba los sacos de zapatos hechos y bajaba los nuevos sacos con zapatos por hacer, y mi madre se lo agradecía con una sonrisa. Había sacos por toda la casa, como si fuese un gran almacén, mi casa podría ser menos casa porque era un taller de aparado, y a mi madre le daba vergüenza que viniesen amigas a jugar, pero no conozco otro hogar.

Fotografía de Gloria Molero para el libro Aparadoras de Gloria Molero y Beatriz Lara

Pero, ¿qué mujeres son las aparadoras? ¿Es una palabra ligada a una clase social, género, condición o lugar concreto y delimitado?

Para Gloria, la palabra aparadora suele tener una condición tanto de género como de clase, también de región: Hay hombres aparadores, pero al menos no se conocen o no hay muchos en España (o, al menos, en la costa levantina). En otras zonas (creo recordar que Marruecos y/o algún país de Latinoamérica) es un trabajo principalmente masculino. Aquí no. Es un trabajo femenino que se podía hacer en las fábricas (en las fábricas grandes había puestos enteros para aparadoras) pero que, poco a poco, se fue relegando a la esfera privada de las casas y las cocinas de las mujeres. Hace falta años de práctica, ya que una buena aparadora sabe hacer un zapato de principio a fin, y esos años de práctica no siempre son remunerados. Muchas empezaron en fábricas como ayudantes y fueron subiendo poco a poco, otras desde pequeñas en talleres clandestinos, o a otras simplemente las enseñaron sus madres, tías, abuelas o las mujeres a su alrededor. Las aparadoras suelen ser mujeres, ahora mayores (de más de 50 y de 60) que, en su día, tenían que cuidar de los niños o llevar una casa adelante mientras el marido trabajaba, o tenían que aportar dinero a la casa porque con los sueldos de los padres no daba para más. Hay un componente de emancipación femenina muy fuerte en el puesto de la aparadora, ya que trabaja por sí misma y le pagan a ella, y hay rumores de que gracias al trabajo del aparado hay tantas mujeres divorciadas en Elche, ya que trabajar toda la vida y manejar tu propio sueldo te permite no ser dependiente de un hombre y separarte de él para mantenerte con tu propio sueldo. Sin embargo, las malas condiciones y los confinamientos en las casas le quitan toda la libertad económica que puedan tener.  Las aparadoras llevan toda la vida intentando conciliar y teniendo los problemas que se están planteando ahora con el teletrabajo. 

Para Inés la cuestión de clase asociada a la palabra aparadora es clave: 

Es una palabra con tanta clase social que cuando se llevaron todo el calzado a China nadie protestó porque no podían. Para el estado, los zapatos se hacían solos porque no existían contratos, ni tampoco pagaba nadie impuestos, era magia. En mi pueblo, las mujeres aparaban y los hombres hacían suelas en las fábricas de caucho, ellas sin contrato, ellos con contratos. Las aparadoras agradecían tener dinero, tener flexibilidad para poder dar a sus hijos de merendar, recogerlos de la escuela, limpiar la casa y, al final, era un trabajo invisible que se unía a otro trabajo invisible. Cuando se llevaron el calzado a China mi pueblo se quedó sin trabajo y solo los hombres recibieron paro.

La hermana de Inés junto a la máquina de coser y los botes de cola tóxicas que se usan para aparar.

¿Y si pudiéramos darle una vuelta a todo lo que significa y contiene una palabra? ¿Y si dando paso a otras narrativas pudiéramos transformarla sacando a la luz todas las historias que hay detrás de la palabra aparadora?

A Gloria le gustaría que significara compañerismo, porque para ella, uno de los grandes dolores psicológicos del aparado es la eterna soledad:  se ha mantenido a estas mujeres separadas y solitarias porque así también era más difícil que se rebelaran y hablaran entre ellas. En las fábricas, los encargados ya se encargaban de hacerlas pelear entre ellas, que compitieran por los tiempos de fabricación y por la mejor faena que les daría unas pesetas más. En su aislamiento muchas de ellas han conseguido mantenerse unidas, ayudarse y ser compañeras, aunque fuera difícil físicamente. Ante la soledad impuesta por la industria, hay que apostar por un compañerismo trabajado y conseguido fuera de ella.

Inés, remarca la condición y delimita el lugar de esta labor, es un trabajo rural que se toma como una tarea más, y que merece una regulación, derechos y condiciones justas y le gustaría que la palabra significara y mostrara todas las realidades que contiene: Las mujeres de los pueblos están acostumbradas a no trabajar con un contrato, y lo aceptan sin pensar en las consecuencias. Se contentan con estar en casa, ver a su familia e incluso enseñan a sus hijos a poner hebillas. Mi primo le pedía a mi madre que le dejase ayudar cuando venía a casa y nos veía a y mi hermana y a mí poniendo hebillas a los zapatos

Me gustaría que esa palabra significase lo que tiene que significar: el trabajo que realizan mujeres cosiendo, pegando y adornando el cuero para formar zapatos. Ni más, ni menos, porque de esta forma será tratada como cualquier otro trabajo. Yo no sabía que no existía esa palabra hasta que hace poco hice un relato cuyos personajes eran aparadoras y me dijeron que qué era eso, que esa palabra no existe. Que no exista una palabra tan importante como esa significa no solo que sean invisibles para la legislación, para la economía, sino también para las historias que se pueden contar sobre ellas. Casi tienen más visibilidad ahora que están en países tercermundistas y se protesta por defender a dichas trabajadoras pero, ¿quién las defendía cuando el tercer mundo eran nuestros pueblos? 

Me resultó curioso ver que la primera vez que se habló de las aparadoras fue porque estuvieron cosiendo mascarillas durante el confinamiento. Una historia bonita que la prensa cubrió sin hacer más preguntas sobre su condición social, sobre lo que hacían, sobre cómo estaban pagadas o en qué horario metían esta noble acción de coser mascarillas.

Fotografía de Gloria Molero para el libro Aparadoras de Gloria Molero y Beatriz Lara

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Inés Alcolea trabaja como social media en proyectos tecnológicos y de videojuegos, es escritora y activista feminista. Nacida en Aspe, Alicante, ha ganado en numerosas ocasiones premios locales y provinciales de narrativa y poesía. Puedes encontrarla en editoriales como Cerbero o en el podcast Analfabestias

Gloria Molero es periodista y creadora de contenido. Co-autora del libro ‘Aparadoras’, de próxima publicación. La puedes encontrar en el podcast ‘Pobres Ratas’, sobre problemas de clase y anticapitalismo.

Sobre el libro Aparadoras:

Gloria y Bea comenzaron el proyecto en 2018 a través de la editorial Libros.com con una campaña de crowdfunding que salió adelante para publicar el proyecto. Está prevista su publicación para finales de este año o principios del que viene. Aparadoras es un libro de testimonios de las trabajadoras del calzado, no solo aparadoras, sino también de mujeres que trabajan en el calzado y en otros trabajos en fábricas de la provincia de Alicante. Como nos cuenta Gloria, las historias son diversas y están muy marcadas por los abusos laborales, físicos, enfermedades y muchísimas injusticias que se están denunciando hoy en día

Para más información: https://libros.com/crowdfunding/aparadoras/