No sólo una mujer y una máquina de coser: todo lo que conlleva la palabra aparadora

En la foto, la madre de Inés Alcolea

Habría un hueco gigante.

Un hueco que los hombres no podrían rellenar, ni todos los de la ciudad. Ni los niños, ni los abuelos, ni los que no se han dedicado al trabajo artesanal a lo largo de su vida.

Las máquinas de coser dejarían de cantar, y la provincia entera se pararía, congelada en el tiempo. Nadie sabría qué es lo que pasa, porque no podrían ver nada. Antes las teníamos a nuestro alrededor, pero de repente ya no estarían. Y nada funcionaría.

Así comenzaba Gloria Molero el artículo que escribió en BuzzFeed en julio de 2018 sobre las aparadoras. Había olvidado por completo este texto que me dejó tan marcada el día que lo leí, que tuvo que venir Inés Alcolea a refrescarme la memoria al ser la primera persona que usó el buzón de este semillero colectivo mandándome la palabra aparadora.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, aparadora se refiere a quien apara, cose piezas, y al mueble donde se guarda o contiene lo necesario para el servicio de la mesa. En estas acepciones, no encontramos el trabajo precario e invisibilizado, ni las máquinas de coser ni el cuerpo ni las historias de tantas mujeres que hay tras esta palabra. Hablamos con Inés y Gloria sobre ello.

La palabra aparadora en la sangre

Para Gloria, la palabra aparadora se escucha en las casas ilicitanas prácticamente desde que naces, aunque no vivas con ninguna. En su casa, su familia se ha dedicado al calzado pero no a esta tarea. Su vecina, sus tías y las amigas de sus padres sí aparaban. Es una palabra tan orgánica y natural en los ambientes ilicitanos y de la provincia de Alicante que prácticamente la llevamos en el torrente sanguíneo. Gloria, tiene que salir de la ciudad para darse cuenta de todo lo que hay detrás de esta palabra:  Para mí era una palabra más que no tenía importancia hasta que salí de mi ciudad y vi (vimos) que era necesaria empezar a dársela para reivindicar las condiciones de las trabajadoras del calzado, en especial las de aquellas que están en su casa, invisibles y aisladas con unas condiciones que, hoy en día, solo han empeorado.

Fotografía de Gloria Molero para el libro Aparadoras de Gloria Molero y Beatriz Lara

Decir la palabra aparadora es decir mamá

Para Inés, decir aparadora es decir mamá. Todas las mamás de mis amigas en el colegio eran aparadoras, y, por mucho que lo quisieran ocultar vistiéndose de punta en blanco al buscarnos a la salida del colegio, las delataba las manos llenas de resto de cemen reseco. Mi madre dice que decidió tener un trabajo en casa porque así podía disfrutar de mi hermana y de mí al mismo tiempo que era independiente salarialmente, porque mi madre siempre nos recordaba que no está bien depender nunca de nadie, ni siquiera de un hombre al que quieres mucho. Yo le agradezco que tomase esa decisión de estar en casa porque siempre que volvía del colegio, del instituto y casi de la universidad, ella estaba ahí, en su hueco de aparar, rodeada de sacos con cueros, hilos y hebillas, dándome conversación, preguntándome por mi día, ayudándome a pasar por cada fase de mi adolescencia. Y nunca sin dejar de aparar, ese ruido constante, junto al de la radio, que para mí, suena a mamá.

Mientras les escribo para que me cuenten más acerca de esta palabra y todo lo que conlleva, muchas veces en la sombra, invisible, y sin ser nombrado lo suficiente, no dejo de pensar en una máquina de coser unida al cuerpo de una mujer. La imagino cosida a los dedos, a base de puntadas e hilos de colores, mientras en la casa siguen sucediéndose los cuidados, las tareas domésticas, la vida. Por eso, sentí la necesidad de saber qué era lo primero que se les pasaba por la cabeza al oír la palabra aparadora:

Gloria lo tiene claro, y me habla del cuerpo, de los problemas de espalda, del dolor, de la artritis, de la vista que se desgasta como los dedos se lastiman y se hinchan los tobillos. Un cuerpo tenso que se inclina sobre la máquina, muchas veces sin la luz adecuada, no suficiente para el trabajo a realizar. Pero. No solo todo se reduce al cuerpo, también aparece el sonido de la máquina a un ritmo constante, el olor del ‘cemen’ (el pegamento que se usa en el calzado) y los trocitos de cuero o pieles varias desperdigados por el suelo.

Inés y su hermana al lado de su madre aparando

Inés me responde con una sola sensación, con una sola palabra, pero que trae consigo condiciones laborales precarias, horarios interminables, y un trabajo poco valorado, invisible.

Calor. El calor del cuero de las botas y botines en verano, el sudor resbalando por la espalda de mi madre que se multiplicaba por la uralita bajo la que aparaba. Mi padre le puso un toldo a la uralita para que no pasase tanto calor, pero aun así sudaba. Recuerdo un año en el que mi hermana y yo tuvimos que ayudarla. Yo era más mayor y me levantaba casi a las seis de la mañana con ella para cortar los hilos y los forros, el cemen se pegaba por todas partes y luego hacía daño al lavarlo porque se agarraba a los pelos del brazo. Eran condiciones inhumanas, con un horario que a veces terminaba después de irnos a dormir. La casa olía a cola y mi madre tenía que atravesar el mar de zapatos a medio hacer para cocinar, barrer o mandarnos a hacer recados. Luego venía su jefe con un camión y cargaba los sacos de zapatos hechos y bajaba los nuevos sacos con zapatos por hacer, y mi madre se lo agradecía con una sonrisa. Había sacos por toda la casa, como si fuese un gran almacén, mi casa podría ser menos casa porque era un taller de aparado, y a mi madre le daba vergüenza que viniesen amigas a jugar, pero no conozco otro hogar.

Fotografía de Gloria Molero para el libro Aparadoras de Gloria Molero y Beatriz Lara

Pero, ¿qué mujeres son las aparadoras? ¿Es una palabra ligada a una clase social, género, condición o lugar concreto y delimitado?

Para Gloria, la palabra aparadora suele tener una condición tanto de género como de clase, también de región: Hay hombres aparadores, pero al menos no se conocen o no hay muchos en España (o, al menos, en la costa levantina). En otras zonas (creo recordar que Marruecos y/o algún país de Latinoamérica) es un trabajo principalmente masculino. Aquí no. Es un trabajo femenino que se podía hacer en las fábricas (en las fábricas grandes había puestos enteros para aparadoras) pero que, poco a poco, se fue relegando a la esfera privada de las casas y las cocinas de las mujeres. Hace falta años de práctica, ya que una buena aparadora sabe hacer un zapato de principio a fin, y esos años de práctica no siempre son remunerados. Muchas empezaron en fábricas como ayudantes y fueron subiendo poco a poco, otras desde pequeñas en talleres clandestinos, o a otras simplemente las enseñaron sus madres, tías, abuelas o las mujeres a su alrededor. Las aparadoras suelen ser mujeres, ahora mayores (de más de 50 y de 60) que, en su día, tenían que cuidar de los niños o llevar una casa adelante mientras el marido trabajaba, o tenían que aportar dinero a la casa porque con los sueldos de los padres no daba para más. Hay un componente de emancipación femenina muy fuerte en el puesto de la aparadora, ya que trabaja por sí misma y le pagan a ella, y hay rumores de que gracias al trabajo del aparado hay tantas mujeres divorciadas en Elche, ya que trabajar toda la vida y manejar tu propio sueldo te permite no ser dependiente de un hombre y separarte de él para mantenerte con tu propio sueldo. Sin embargo, las malas condiciones y los confinamientos en las casas le quitan toda la libertad económica que puedan tener.  Las aparadoras llevan toda la vida intentando conciliar y teniendo los problemas que se están planteando ahora con el teletrabajo. 

Para Inés la cuestión de clase asociada a la palabra aparadora es clave: 

Es una palabra con tanta clase social que cuando se llevaron todo el calzado a China nadie protestó porque no podían. Para el estado, los zapatos se hacían solos porque no existían contratos, ni tampoco pagaba nadie impuestos, era magia. En mi pueblo, las mujeres aparaban y los hombres hacían suelas en las fábricas de caucho, ellas sin contrato, ellos con contratos. Las aparadoras agradecían tener dinero, tener flexibilidad para poder dar a sus hijos de merendar, recogerlos de la escuela, limpiar la casa y, al final, era un trabajo invisible que se unía a otro trabajo invisible. Cuando se llevaron el calzado a China mi pueblo se quedó sin trabajo y solo los hombres recibieron paro.

La hermana de Inés junto a la máquina de coser y los botes de cola tóxicas que se usan para aparar.

¿Y si pudiéramos darle una vuelta a todo lo que significa y contiene una palabra? ¿Y si dando paso a otras narrativas pudiéramos transformarla sacando a la luz todas las historias que hay detrás de la palabra aparadora?

A Gloria le gustaría que significara compañerismo, porque para ella, uno de los grandes dolores psicológicos del aparado es la eterna soledad:  se ha mantenido a estas mujeres separadas y solitarias porque así también era más difícil que se rebelaran y hablaran entre ellas. En las fábricas, los encargados ya se encargaban de hacerlas pelear entre ellas, que compitieran por los tiempos de fabricación y por la mejor faena que les daría unas pesetas más. En su aislamiento muchas de ellas han conseguido mantenerse unidas, ayudarse y ser compañeras, aunque fuera difícil físicamente. Ante la soledad impuesta por la industria, hay que apostar por un compañerismo trabajado y conseguido fuera de ella.

Inés, remarca la condición y delimita el lugar de esta labor, es un trabajo rural que se toma como una tarea más, y que merece una regulación, derechos y condiciones justas y le gustaría que la palabra significara y mostrara todas las realidades que contiene: Las mujeres de los pueblos están acostumbradas a no trabajar con un contrato, y lo aceptan sin pensar en las consecuencias. Se contentan con estar en casa, ver a su familia e incluso enseñan a sus hijos a poner hebillas. Mi primo le pedía a mi madre que le dejase ayudar cuando venía a casa y nos veía a y mi hermana y a mí poniendo hebillas a los zapatos

Me gustaría que esa palabra significase lo que tiene que significar: el trabajo que realizan mujeres cosiendo, pegando y adornando el cuero para formar zapatos. Ni más, ni menos, porque de esta forma será tratada como cualquier otro trabajo. Yo no sabía que no existía esa palabra hasta que hace poco hice un relato cuyos personajes eran aparadoras y me dijeron que qué era eso, que esa palabra no existe. Que no exista una palabra tan importante como esa significa no solo que sean invisibles para la legislación, para la economía, sino también para las historias que se pueden contar sobre ellas. Casi tienen más visibilidad ahora que están en países tercermundistas y se protesta por defender a dichas trabajadoras pero, ¿quién las defendía cuando el tercer mundo eran nuestros pueblos? 

Me resultó curioso ver que la primera vez que se habló de las aparadoras fue porque estuvieron cosiendo mascarillas durante el confinamiento. Una historia bonita que la prensa cubrió sin hacer más preguntas sobre su condición social, sobre lo que hacían, sobre cómo estaban pagadas o en qué horario metían esta noble acción de coser mascarillas.

Fotografía de Gloria Molero para el libro Aparadoras de Gloria Molero y Beatriz Lara

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Inés Alcolea trabaja como social media en proyectos tecnológicos y de videojuegos, es escritora y activista feminista. Nacida en Aspe, Alicante, ha ganado en numerosas ocasiones premios locales y provinciales de narrativa y poesía. Puedes encontrarla en editoriales como Cerbero o en el podcast Analfabestias

Gloria Molero es periodista y creadora de contenido. Co-autora del libro ‘Aparadoras’, de próxima publicación. La puedes encontrar en el podcast ‘Pobres Ratas’, sobre problemas de clase y anticapitalismo.

Sobre el libro Aparadoras:

Gloria y Bea comenzaron el proyecto en 2018 a través de la editorial Libros.com con una campaña de crowdfunding que salió adelante para publicar el proyecto. Está prevista su publicación para finales de este año o principios del que viene. Aparadoras es un libro de testimonios de las trabajadoras del calzado, no solo aparadoras, sino también de mujeres que trabajan en el calzado y en otros trabajos en fábricas de la provincia de Alicante. Como nos cuenta Gloria, las historias son diversas y están muy marcadas por los abusos laborales, físicos, enfermedades y muchísimas injusticias que se están denunciando hoy en día

Para más información: https://libros.com/crowdfunding/aparadoras/

1 Comment

  1. Muchas gracias, María, por esta palabra que a mi también me ha llevado a una infancia de sacos llenos de piezas de zapatos y olor a cemen. Yo tambíen soy del sur de Alicante y mi madre fue aparadora durante mi infancia. Nuestra casa debía ser parecida a las de las autoras de este libro, lleno de sacos que traía un señor semanalmente en furgoneta y el traqueteo de la máquina Singer compitiendo constantemente con la televisión que presidía el salón. Mi hermana y yo, después de hacer los deberes, la ayudábamos a recortar hilos, pegar esponjas… Yo odiaba cuando llegaba el momento de ayudarla, pero es que sino no podía sacar adelante la faena en el tiempo que le marcaban. Otro detalle relacionado que recuerdo de mi infancia era en la guardería, ¿sabes cual era el juguete más habitual, el que llenaba el patio? Las bovinas de los hilos de las máquinas. Con ellas construíamos castillos, jugábamos a los bolos… hacíamos de todo!

    Cuando yo veía en las películas esas casas ordenadas y con todo impoluto miraba la mía y sentía vergüenza, un sentimiento que por suerte ha ido mutando con los años hasta transformarse en orgullo de ser hijo de aparadora. Más tarde, en la universidad, estudié la Revolución Industrial y allí aprendí cómo uno de sus primeros pilares era el “Domestic system”, una especie de trabajo protoindustrial realizado por las campesinas en sus hogares como complemento a su trabajo en el campo, y allí también un hombre aparecía semanalmente (supongo que en carro) a llevarse sacos de lo que producían (téxtil sobretodo) y a dejar nuevo material… Han pasado años, pero al final la base que permite que la economía siga funcionando es el trabajo casi clandestino de miles de mujeres.

    Muchas gracias por seguir completando esta Almáciga que tanto me ha hecho disfrutar.

    Un saludo.

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